jueves, 5 de abril de 2018

LOS PUNTOS SUSPENSIVOS DE LA VIDA


Con relativa frecuencia dejamos inconclusas algunas tareas que pudieron haber dado respuesta a interrogantes diarios y, con diáfana indiferencia, le ponemos unos puntos suspensivos con el propósito de dejar ese quehacer para otro día y la reflexión sobre esa realidad para otro momento.

Colocamos puntos suspensivos cuando evitamos un diálogo oportuno con un miembro de la familia, o un amigo necesitado de impresiones, que podrían ayudarle a resolver sus dudas interiores y afrontar sus indecisiones con un espíritu propositivo y cargado de elementos de valor, con el único fin de integrarlos en laS alternativas disponibles para dar solución al problema generado.

Colocamos puntos suspensivos cuando somos incapaces de comprometernos con una disputa, intentando ser ecuánimes con ambos contendientes, por lo que más tarde nos preguntaremos cómo acabaría esa riña que encontramos ya avanzada.

Colocamos puntos suspensivos si conocemos de los errores que cometen quienes creen conocer el lenguaje de masas y utilizan el discurso para alienar, en nombre del falso bien común y no nos atrevemos a poner la ortografía adecuada a cada silencio y a cada voz de mando, con el único propósito de que otros puedan hacer una lectura adecuada del relato de la calle.

Colocamos puntos suspensivos si, como todos los que pasan por esa misma acera, dejamos una moneda al mendigo sin preguntarle por su suerte en la vida y qué tipo de apoyos serían más válidos y coherentes que una calderilla que no cubre necesidades.

Colocamos puntos suspensivos cuando somos parte del cuchicheo y no contribuimos a buscar la verdad en las voces que quedaron atrapadas en las cuatro calles de los pueblos y barrios de nuestras ciudades.

Colocamos puntos suspensivos si dejamos pasar la crítica en las relaciones de pareja, que sólo buscan el crecimiento del otro con la sabiduría del aporte verdadero, aprovechando el momento para huir de cobardía y culpar a la tarde porque estuvo nublado y los astros condicionaron la falta de comprensión, por lo que se busca refugio en el alcohol que consuela o la pandilla que acomoda.

Colocamos puntos suspensivos cuando permitimos que los hijos busquen respuestas en la calle, aunque tuviésemos las respuestas en nuestras horas de descanso, apoyados en unn diccionario en mano y ejemplos disponibles para adornar el mensaje.

Colocamos puntos suspensivos cuando salimos a la calle sin haber arreglado nuestro físico ni haber perdonado a nuestro vocabulario y nos disponemos a ser los mismos de siempre, con la oración reglada de la noche anterior, que no fue capaz de cambiar ni un ápice de nuestras ambiciones más traicioneras.

Colocamos puntos suspensivos cuando nos creemos superiores y aprendemos a regalar con menosprecio, porque la aceptación siempre será por miedo y no por respeto, la esencia de la confianza en el manejo de lo que se dispone.

Colocamos puntos suspensivos cuando alentamos la burla y el menosprecio, porque eso requiere otro signo de ortografía como el punto y final, para lo que hay que disponer de las agallas suficientes para terminar el párrafo de la no aceptación y la marginación más distante y fría.

Colocamos puntos suspensivos cuando nos embarcamos en proyectos donde se viola la ley y aprendemos lo que no es defendible ni ético, porque nos dejamos llevar por la corriente y así nos creemos vehículos de protesta social, sin pensar que hay como gritar aún en el silencio.

Deja de poner puntos suspensivos en tu vida y aprende a colocar comas y puntos y aparte en las situaciones más necesitadas de solución o en aquella brechas que se deben cerrar definitivamente, por lo que la vida empezará a tener más sentido para los demás.

Tu amigo, que nunca te falla



JUAN 

domingo, 25 de marzo de 2018

PERDÓNAME




       Por lo menos, pide perdón una vez 
en la vida, aunque no llegues 
a ser perdonado.

Es humano el arrepentimiento, la penitencia te 
penetra y el dolor de la espera 
sensibiliza tu corazón.



Juan Aranda Gámiz





Perdóname por no protestar cuando alguien te señaló indebidamente, porque desde ese momento te siguió señalando sin motivos.

Perdóname por sentir cosquillas de envidia en este mundo sin perdón, porque a partir de entonces los demás esperaban la envidia para sentir que había rivalidad y odio.

Perdóname por salir corriendo de la manifestación que reclamaba justicia, ya que ese fue el argumento para que algunos tardaran en aceptar la verdad, esperando que otros también renunciaran al derecho innato a reclamar.

Perdóname por tirar migajas para alimentar la fábula, esperando que alguien las recogiese y que ello me permitiese alimentar la idea que hay otros que viven peor que yo, porque ahí se fijaron los que siguen construyendo diferencias en un mundo de aparentes iguales.

Perdóname por no llorar el asesinato de líderes que entregaron su vida por una causa justa, porque la ausencia de lágrimas fue motivo suficiente para darle más importancia a la cocina de vanguardia.

Perdóname por no rezar por quien dejó de rezar, porque ello impulsó a los que cuestionan la oración y la señalan de resignación, cuando la verdad es que orando nos manifestamos con la voz de los sentimientos más nobles.

Perdóname por subir a la tarima a regalar parte de mi sueldo y esperar tu aplauso, porque a partir de ahí las Navidades se transformaron en un modo fácil de exculpar a quien no se preocupa de los demás, en el mejor de los casos.

Perdóname por no desmentir las mentiras que apoyaron esa campaña, porque eso sirvió para sentirse representado por quien no dispone de verdad para gobernar.

Perdóname por sentarme en la silla que es incómoda, sin haber pensado en el suelo que te sirve de sostén y asiento.

Perdóname por no haber respondido tu llamada, porque eso colmó la paciencia de quien confiaba y dejó de confiar en todo y en todos, porque a tu actitud le faltó paciencia y apoyo. 

Perdóname por no haber peleado junto a ti, por miedo a ser señalado sin motivo, porque desde ese momento se consideró que la sociedad estaba amedrentada y no convencida de sus vacíos.

Perdóname por ese beso que me faltó, porque ahí se consideró eternamente distante a esta generación que se desvive por las causas más humanitarias y los que vienen detrás dejaron de confiar en nosotros.

Perdóname por callar mi voz, la que pudo haber cambiado el rumbo de los acontecimientos, por temor a ser acallada a la fuerza, porque el yugo encaja perfectamente en este tipo de comportamientos.

Perdóname por no sentir el dolor ajeno como propio, porque quise vivir sin lo ajeno, encerrándome en un claustro de vergüenza que me apena y me deja de sensibilizar.

Perdóname por olvidar lo que pasó, pues otros borraron esos momentos de su vida y así no quedó huella alguna que pudiese ser contada, para su suerte maldita.

Perdóname por estudiar lo que no es ético, ya que otros aprovecharán para seguir publicando coyunturas que suenan a rancias propuestas para el olvido y el sin perdón.

Perdóname por romper con la tradición, ya que desde entonces los demás han empezado a olvidar lo que fueron nuestros mayores.

Perdóname por no estar a tu lado cuando te fuiste, porque así se explica hoy que los enfermos terminales sigan muriendo solos.

Perdóname por arrancar esa flor y dejar al tallo llorando, porque desde ese minuto el rocío riega por las mañanas creyendo que es la última vez que los moja.

Tu amigo, que nunca te falla



JUAN

jueves, 15 de marzo de 2018

DE QUÉ NOS HA SERVIDO


Cuando analizamos la historia comprobamos la actitud predispuesta y convencida de quienes descubrieron el fuego, con el único afán de comunicarse, alejar a las alimañas, preparar la comida y abrigar el sentimiento de hospitalidad, sobrevivir en los climas fríos y hasta crear un lenguaje con el humo que se desprendía.

Si nos remontamos al descubrimiento de la rueda se visualizaba la posibilidad de triturar el alimento, arrastrar animales, desplazar cargas, movilizarse y engrandecer el sentido de convivencia aprendiendo a comunicarse, con el afán de conocerse e intercambiarse, aprender y dejar improntas, mezclarse y establecer fronteras.

Y si pensamos en quienes intentaban desarrollar su arte, plasmando en las paredes de las cuevas la imagen de lo que habían visto, con palos y tintes naturales, sangre y areniscas, trazando hazañas o describiendo cacerías, no se imaginaban que estaban aportando parte de su historia de vida para el conocimiento de generaciones futuras y despertando el interés por transmitir un legado cultural.

Al inventar herramientas se forjaron los primeros pasos para mejorar la calidad de vida en la preparación de alimentos, al tallar figuras y propiciar los grafos más primigenios para una escritura incipiente y se empezaron a dar órdenes y a redactar normas.

Cuando el clima influía en el nivel de vida de las primeras poblaciones se iniciaron las marchas y migraciones, lo que condicionó la diáspora que luego fue engrandeciendo nuestro genoma y hablando bien de nuestro posible origen común, aunque algunos crean en pueblos más favorecidos y otros menos agraciados.

Y se descubrieron los materiales y se quiso construir lo necesario para albergarse y protegerse, ahuyentar las fieras y cuidar a todos los propios, incluidos en tribus o poblados, transmitiéndose las verdades de generación en generación.

Y mientras el descontento empezaba a hacer huella en las primeras comunidades surgió la protesta de los primeros habitantes en lugares públicos, donde todo el mundo alzaba su voz y encontraba la respuesta a su eco, hasta que los consensos se imponían y ahí surgió el primer vestigio del verdadero germen de política y democracia.

Sin embargo, me pregunto, de qué nos ha servido el fuego sino para quemar evidencias, destruir bosques, contaminar el ambiente, apoyar las guerras, motivar la destrucción de cadáveres, esconder la falta de criterio, quemando en la hoguera o incentivar las luchas noctámbulas frente a los que no comparten nuestro criterio más radical, a nivel religioso, social o político.

Igualmente me pregunto de qué nos ha servido la rueda, que más allá de permitir un proceso de globalización por tierra, mar y aire, se siguen levantando muros y fronteras donde siguen muriendo personas con más preguntas que respuestas y se siguen proponiendo normas para evitar que los accidentes, por excesos o por odio, se sigan presentando en las portadas de los principales rotativos de las ciudades más importantes del mundo.

No sé de qué nos ha servido la pintura rupestre cuando hoy se intenta comercializar con las obras de arte, cobrando por aportar con una obra en la que hay que descubrir lo que se esconde, si antes se regalaba el legado con el sentido más democrático, al aire libre, para que fuese parte del patrimonio de una humanidad, cuando todavía hoy hay que pagar una entrada para entrar a un Museo, que debiera ser parte del proceso de formación de todos los escolares en el mundo.

Realmente no sé de qué nos ha servido la herramienta más tosca y desarmada, cuando la sofisticación ha llegado a nuestros días y no sabemos para qué sirven algunas de ellas, involucionando hasta el extremo de considerar que nos puede sustituir, cuando antes se pretendía crear implementos que nos apoyaran y hoy las usamos para condicionar y alienar, manipular y hasta convencer de lo que no tiene posibilidad de ser comprendido, a veces incluso hasta para matar.

Tampoco sé para qué nos ha servido manipular el barro y fabricar figuras, si hoy todo lo convertimos en barro. Ni de qué nos ha servido tanta reunión anónima, expuestos a ser señalados en las plazas y foros públicos, si hoy nuestros representantes políticos no están a la altura de un diálogo con respeto y las normas responden más a los intereses de unos pocos que a las respuestas que se pretenden dar a las necesidades de las grandes mayorías.

Y de qué nos sirvió tanta mezcla, a partir de las migraciones y el sacrificio de pueblos enteros, si hoy sigue habiendo la misma diáspora, por motivos bélicos o religiosos, y no somos capaces de encontrar la razón de ser de la convivencia más noble y aparentemente digna.

Tu amigo, que nunca te falla, se pregunta ¿de qué nos ha servido tanto avance?, si en muchos momentos de nuestras vidas mereceríamos vivir como seres primitivos, a veces con el deseo de descubrir algo positivo para mejorar nuestra convivencia y no con el calor de intentar destruir lo que se ha venido construyendo a lo largo de tanto recorrido de historia.


JUAN 

miércoles, 7 de marzo de 2018

¿NO TE DAS CUENTA?


A veces miramos sin percatarnos de la belleza que nos rodea y la paz que se disfruta en el silencio de las palabras, pero para darse cuenta hay que cerrar los ojos e intentar ubicarte en un mejor lugar, si es que lo encuentras; entonces, sólo entonces, sabrás que ese fue el momento adecuado para encontrarte y descubrirte.

A veces soñamos en aquello que nos condiciona un sueño turbulento, porque angustia nuestro reposo e inquieta nuestras ideas, pero si fuésemos capaces de  salir de escena y contemplarlo desde afuera, sabríamos a ciencia cierta que los sueños son una prolongación de nuestra vivencia más cercana y hay que esperar a que despertemos para encontrar la respuesta que no estuvo disponible cuando estuvimos despiertos y enfrascados en aquella revuelta que tanto mensaje dejó suelto.

A veces queremos resolverlo todo en ese mismo instante, porque nos dejamos llevar por la osadía consabida de "no dejar para mañana lo que se puede hacer hoy" y es bueno aliñar los momentos y probarlos, saborear la sazón y descubrir los secretos de la combinación de alimentos, porque el paladar, al igual que la búsqueda de la mejor oportunidad, nunca fallan.

A veces dudamos si una pared está pintada de blanco, o amarillo tenue, pero sólo es necesario dibujar un punto negro y ello nos permitirá encontrar que el contraste es mayor con el blanco que con el amarillo hueso.

A veces queremos descubrir un ser humano coloide, que se adapte a todo y que pueda deslizarse por todas las dimensiones del espacio-tiempo, pero es fácil hacer una pregunta para darse cuenta que ante nosotros tenemos a un ser humano gaseoso o sólido, por ser etéreo e inconsistente o pétreo en sus afirmaciones.

A veces hay que considerar al amigo como un caleidoscopio, que al mirar lo que proyecta encuentras aristas y colores, dibujos y figuras antes no conocidas, que cambian de forma y fondo, contrastes y profundidades si lo giras, aunque te siga atrayendo el mecanismo.

A veces caminamos y miramos con visión binocular (con ambos ojos), pero no se debe desaprovechar la ocasión para mirar sólo con uno y encontrar cómo se recorta el mundo, aunque tenga la misma luz, con sus propias sombras.

A veces conviene salir a la calle sin el permiso del espejo, vestido con harapos para recibir críticas y sentir el distanciamiento, escuchar las habladurías y palpar las diferencias, conocer las esquinas y sentir el frío de la noche.

A veces nos preocupamos por decir "sí", cuando sentimos el "no" a flor de piel, pues traemos a colación los prejuicios y los contornos de la vida, que son al fin y al cabo los que condicionan nuestra respuesta para vivir siempre descontentos con nosotros mismos.

A veces idealizamos un mundo de dos sin más prioridades que las conjuntas, pero un tercer elemento aparece (bien sea un hijo que nos reclama, un interlocutor que pretende apoyar nuestra indecisión o un líder que abre una brecha de opiniones, un libro que nos puso a pensar o un verso que nos invitó a temblar de emoción) y entonces se abre el abanico de opciones y empezamos a crecer como seres humanos, proponiendo una lucha de otra dimensión y una sonrisa con otra apertura bucal.

A veces nos arrinconamos porque creemos que nadie nos verá escondidos tras la sombra de la esquina, ese rincón donde masticamos las verdades "a medias" y los disturbios de conciencia, y debe ser allí donde encontremos la salida cuando el sol nos ilumine y deje a obscuras el resto de la sala.

A veces nos miramos al espejo para peinarnos y nunca lo consideramos una ventana por donde mirarnos al interior de nuestras decisiones, donde los impulsos nos obligan a opinar y las experiencias vividas son consideradas motivo de criterio único, porque tenemos un miedo inusual a reconocer que nuestra vida no es tan existencial como la presentamos.

A veces nos escuchamos al pronunciar vocablos cargados de cariño "amor", "te quiero", "mi vida", "cielo", pero el alma no se estremece con el cielo, la vida, los quereres ni los amores desenfrenados y es que las palabras salieron del instante sin haber sido reconocidos por el semblante del alma.

A veces queremos dar un paso y siempre lo venimos haciendo por inercia, pero nos debemos dar cuenta si el zapato dejó huella, o no, porque igual pasará con nuestras actitudes si las lanzamos con superficialidad o meditamos el alcance de nuestro mensaje corporal.

Tu amigo que nunca te falla



JUAN 


miércoles, 28 de febrero de 2018

HAY TANTOS MOMENTOS PARA SENTIRSE BIEN



Hay momentos en los que llego a tocarme el alma, porque siento en mis dedos una frescura que sólo cala si llegas hasta ahí, porque al mismo tiempo que palpas lloras. Y esto me ha pasado cuando me he hecho una promesa que no he podido dejar de cumplir, por la maravilla que encerraba el propósito de regalarle un mensaje a un ser humano desvalido.

Hay momentos en los que despierto y descubro que me rodea el silencio más exquisito y, desde ahí, escucho la voz de mi propia conciencia que me recuerda que es el momento de tener un sentimiento digno y el impulso me arrastra a realizar una llamada telefónica para preguntar por quien no se esperaba el gesto, enfermo de soledad y castigo.

Hay momentos en los que soy capaz de desayunar el vacío, porque ahí se encierra la sopa de letras que quedó almacenada la noche anterior, después de un diálogo -de cerca- con la persona que más quieres.

Hay momentos en los que deseo ser el más castigado porque así podré entender mejor a cuantos viven el castigo y llegan a consultar, deduciendo a veces que no entiendo la esencia del sufrimiento aceptado ni de la verdad resignada.

Hay momentos en los que leo para escucharme, porque así no perderé de referente el tono de mi voz y podré encontrarme si me busco en mi interior.

Hay momentos en que miro fijamente para buscar alguna imagen que me anuncie lo que pide a voces mi cerebro.

Hay momentos en que me quedo atónito con la actitud de mi mascota, porque es capaz de besar antes de que se haga algo por él y, como humanos, esperamos comportarnos al revés.

Hay momentos en que dialogo con mis sueños, porque quiero sentirme protagonista de mis sensibilidades acomodadas y descubrirme en mis propósitos arrinconados.

Hay momentos en que quiero transformar los saludos en instantes de apoyo, para que cuando ese alguien se sienta apoyado no vacile en saludarme.

Hay momentos en que camino por el simple hecho de sentir mis pasos y leer en el trayecto los mejores versos que se escriben al andar.

Hay momentos en que respiro hondo para sentir las historias que arrastra el oxígeno hasta mis pulmones y luego distribuye por todo mi organismo, enterándome de la verdad de la calle al tiempo que inhalo.

Hay momentos en los que rezo para pedir y no por monotonía, porque la religión no es más que el cuerpo de un compromiso vestido con harapos,  lo más sencillo y sutil de una carga de verdad, con la que se puede conquistar todo lo inimaginable.

Hay momentos en los que descanso para refrescar mis ilusiones, dedicando tiempo a quienes no tienen espacio ni paz para hacerlo, tiempo ni manos para acogerlos.

Hay momentos en los que me atrevería a formalizar una universidad única, con sólo dos títulos: 1- Apto para ser ciudadano  2- Incapaz de ser ciudadano. Y muchos pseudo-líderes y manipuladores de coyunturas terminarían regresando a estudiar el primer curso.

Hay momentos en los que desearía saltar charcos durante horas, para que me salpique la humedad de la calle y así se refrescasen mis intenciones alienadas.

Hay momentos en que quisiera seguir siendo oportuno y nunca oportunista, para que los demás hablen de todo lo que les regalé y jamás se quejen de lo que les quité.

Hay momentos en que quisiera ser una ribera, que se refresca con el agua del caudal y controla el cauce, arrastra alimento para el follaje que le cubre y se acumulan las piedras que saben a historia.

Tu amigo, que nunca te falla



JUAN 

jueves, 22 de febrero de 2018

¿ES TU POSICIÓN LA CORRECTA?


Nos quejamos de contracturas constantes por las supuestas malas posiciones en el espacio de trabajo, como consecuencia de una falta de estudios ergonómicos, por lo que estamos quejándonos de dolores y tiranteces en espalda y cuello.

A veces nos dedicamos a llevar enseres y equipamientos para desarrollar nuestra tarea diaria, sin recordar que están provocando elongamientos y cargas en diferentes partes de nuestro cuerpo, por lo que hay segmentos corporales sometidos a presiones y otros que descansan, temporalmente, hasta que el maletín se cambie de miembro superior o la mano más relajada empiece a empujar la maleta, por turnos.

Pero no siempre en horario laboral, porque durante el reposo diario, o en el que se busca el fin de semana, estiramos los miembros para ocupar todo el ancho de la cama o toda la extensión del sillón, con lo que anunciamos al mundo que nadie nos levantará de ahí hasta que el sueño nos deprima y,  al despertarnos, empezamos a sentir el hormigueo del descuido y las rigideces del des-estrés al que no estamos acostumbrados. 

En ocasiones queremos ser jardineros de domingos o mecánicos de los huecos de la semana y nos arrinconamos a fabricar o diseñar, recomponer o aliñar nuestro jardín, poniendo todo el empeño en cargar y descargar, con lo que al final de la semana estamos listos para que nos trasladen al "spa".

Nos disfrazamos de caza-fantasmas y nos lanzamos al mundo de la limpieza, de la casa o del garaje, del área cercana a la casa o de las malezas que nos rodean en la casa de campo, del abandono del terreno o nos incorporamos en una piña humana para contribuir a asear la escuela de nuestros hijos o las cunetas de la carretera, para que las lluvias no nos sorprendan, limpiamos las tejas o los canalones, pintamos el desván o nos dedicamos a ordenar el desbarajuste del estudio.

A pesar de todo, la postura no solo se relaciona con la posición sino también con la predisposición hacia un evento, con el afán de descargar nuestra emotividad, afrontar nuestra decisión, manifestar nuestra alineación o presentar nuestra visión de aplauso, pensando siempre en el bien común antes que en el propio.

Y sabremos si la posición es la correcta si no tenemos molestias después del esfuerzo, si vivimos relajados porque hemos aprendido a hacer lo suficiente cuando estemos entrenados y si los problemas que enfrentamos se solucionaron efectivamente, respetando siempre a los menos favorecidos y nuestro empuje supuso un apoyo fundamental para todos aquellos que esperan, en silencio, un gesto de apoyo concreto.

Así que preocúpate de tus esfuerzos y corrige tus emociones, para que los primeros no provoquen un malestar futuro, con consecuencias mórbidas y para que las segundas vayan siempre orientadas a satisfacer las necesidades más elementales de los que más nos necesitan, sin esperar aplausos ni vítores, sólo manteniendo la conciencia tranquila del compromiso verdadero y sólo así sabremos, a ciencia cierta, que la posición siempre fue la correcta.

Tu amigo, que nunca te falla



JUAN 

viernes, 16 de febrero de 2018

MIS PELEAS CONSTANTES CON EL CALENDARIO


Desde siempre he sido rebelde en mi relación de miradas con el calendario, porque no puedo entender que un papel me diga cuándo y cómo debo comportarme con los demás, qué días deben ser de asueto y si hay oportunidad para descansar de la labor monótona y cansina.

Me apena ver el almanaque y que se despierte la angustia por ir a comprar flores por el día del amor y la amistad, aunque las incoherencias y el olvido de un trato digno presidan el día a día, en la relación de amor y amistad en una pareja o en la relación entre amigos o padres e hijos.

Me entristece que ese mismo almanaque me recuerde que tengo primos o familiares con un nombre y apellidos y que me mueva a querer estar presente en sus vidas, aunque me olvide el resto del año, porque pareciese que importase más quedar bien ante los demás que abrir una relación espontánea y dinámica, dure lo que dure.

Quedo abatido cuando alguien me dice "ya pronto será Navidad y este año está marcado en el calendario en lunes, con lo que habrá un puente seguro" y ahí se me pierde el sentido verdadero de la fiesta, caiga en el día de la semana que tenga que caer, porque al fin y al cabo precisamos vacaciones para emplear ese tiempo en algo más productivo y con más carga afectiva hacia los nuestros y no porque el almanaque tenga la intención de motivar mis ilusiones y hasta la compra de un boleto de avión para planificar mis vacaciones.

Hay ocasiones en que descolgamos este mismo almanaque y comprobamos que pronto será el "Día de las Misiones" y nos metemos la mano en el bolsillo para extraer unas monedas y cumplir con la tradición, aunque nos siga importando muy poco el sentir de tantos seres humanos que requieren que nos acordemos de ellos durante todo el año, porque con el corazón también se mandan mensajes de apoyo y verdad.

Me quedo perplejo ante la costumbre de marcar en el calendario lo que creemos que no se nos debe olvidar, porque podría propiciar una respuesta negativa de quien tenemos a nuestro lado, ya que no tenemos interiorizada la verdadera razón de ser de una declaración de amor o un día en que se despidió alguien tan importante en nuestras vidas y esperamos, pacientemente, que una mirada al calendario nos despierte al ver una marca con rotulador en esa fecha concreta, olvidándonos de preguntarle a nuestra alma si está cerca el día en el que despertamos a la vida o el destino llamó a nuestra puerta.

Hay instantes que no debiera determinar el calendario, porque resulta incontestable que los domingos lo sean porque así lo dice el almanaque, que combinar la ropa, para no repetir, también quede inscrito en tal papel, o que las visitas al ancianato queden reflejadas, con una redonda, en algún día del mes.

No hay perdón para quejarse de la demencia de un familiar y disponer de almanaques por doquier, porque para evitar esta enfermedad hay que ejercitar nuestro almanaque interior, el que mueve los sentimientos más nobles y las necesidades más apremiantes, mientras sigamos sintiendo la verdad en lo más profundo del alfabeto del alma.

Tu amigo, que nunca te falla, te recomienda que te abras un almanaque entre la monotonía de los días de tu vida y que lo actualices a cada rato, poniéndole sentido a los recordatorios porque para eso somos humanos y que el calendario nos recuerde lo que no es trascendente, como los días de lluvia o el alineamiento de los planetas, la fecha en que nos alejamos de un hábito malsano o los días transcurridos en nuestro proceso de recuperación, porque así estaremos convencidos del éxito de la cirugía a la que nos sometimos y por la que seguimos disfrutando de la vida.

JUAN