Espinos y espinas
Acabamos
la travesía de otro año que, para muchos, ha supuesto vivir cerca de plantas
espinosas, no pudiendo acariciarlas, consolarlas ni abrazarlas por miedo a las
espinas, que no son otra cosa que un mecanismo de defensa para que las
circunstancias no sigan insistiendo en abrirles heridas.
Las
espinas de quienes están hartos de vivir sin paz, de aquellos que tienen que
tolerar imprevistos en su salud y de quienes sienten el abandono de un mundo
que dice ser más solidario que nunca.
Y
no podemos acostumbrarnos a cortar espinas porque vuelven a brotar para evitar
quedar indefensos y vulnerables frente a un mundo que presenta intimidación,
una aparente y desproporcionada campaña de selección natural y una
insolidaridad que preocupa.
O,
tal vez, es que nos estamos convirtiendo en espinos, con una apariencia de
fragantes flores, aparentando prosperidad y un pacifismo relativo, pero que
proponemos malas acciones enfocadas a alterar la convivencia y a imposibilitar
que sea real un principio de igualdad de oportunidades para todos, sin
distinción alguna.
Y si enfrentamos los espinos, a las espinas,
nos acostumbramos al olvido de los abrazos y las caricias, nos olvidamos del
tiempo que debemos dedicar a los demás y nos desentendemos de los piropos que
quedan atrapados y rotos.
Aún
no hemos aprendido, a pesar del paso de los años, a proponer la presencia
personal y el tiempo que deberíamos escuchar al otro, como la mejor estrategia
para que no se necesite formar espinas para defenderse y, si los demás se abren
a relaciones más humanas y cercanas, nosotros deberíamos transformarnos en
plantas suculentas o crasas. Esas que no necesitan espinas y, entonces,
recuperaríamos las miradas cercanas, los abrazos compartidos, los roces de los
que se aprende a ser mejor cada día y la luz procuraría sombras sin el relieve
de las espinas, que tanto dolor provocan.
Bienvenidos
a un nuevo año sin espinas ni espinos.
Feliz 2026
Dr. Juan Aranda Gámiz