sábado, 27 de junio de 2026

A mitad de año y me faltaron tantas cosas

 

Estamos a punto de terminar el primer semestre del 2026 y me faltó más solidaridad con quienes más lo necesitan, como las víctimas del desplazamiento, las poblaciones en inseguridad alimentaria o las mujeres y niños en  emergencias humanitarias.

Este mundo está harto del emotivismo con los discursos prefabricados, los que siempre buscan el bienestar de la letra pequeña, cargado de intereses creados y destinados a condicionar la vida de toda una esperanza.

Hubiese esperado una misa, empolvada entre las ruinas de Gaza, para inaugurar un compromiso con la paz, antes que una celebración con cánticos y fuegos artificiales en medio de una basílica, porque Gaudí también lo hubiese querido así, ya que el Modernismo es estar presente ante los demás antes que los demás te lo pidan.

Sigo esperando que las agencias de viajes programen viajes por la pobreza, con el propósito de entender mejor el dolor de las ausencias y que los fondos recaudados apoyasen la verdad de una búsqueda de la igualdad de oportunidades de todos los seres humanos.

Quisiera haber leído un blog del hambre, para entender el valor de una migaja, el sentido de un servicio público de salud o el compromiso verdadero de una mano extendida, sin la presencia de fotógrafos ni las falsas representaciones de organismos internacionales.

Hubiese sido ideal haber hablado más de las cosas “de carne y hueso  que de una inteligencia artificial, porque son las únicas que sufren por la soledad y  el castigo.

Me faltaron hechos y me sobraron palabras, por eso se destruyeron acuerdos y se dinamitaron miradas.

Me faltó una renuncia al egocentrismo en favor del sentido común. Y menos grados centígrados de un oportunismo voraz, que se inmiscuye en un mundo despistado para confundir sobre los valores y las gestas anónimas que nacen desde el corazón.

Me faltó más apoyo que protección de intereses en los medios de comunicación.

Fue necesario un mayor grado de hermandad “anónima”, una especie en extinción, que selfies ante grandes monumentos, los que si tuviesen alma estarían criticando nuestra pose para que quede huella del empeño en invertir un dinero para colocarse allí y en aquel preciso instante. Me sobró el presumir de un mundo de puertas abiertas en su vida para cumplir sus propósitos viajeros y sus ambiciones, a pesar de la necesidad de rectificar, luego, conductas ante los demás.

Faltaron pancartas donde se leyese la necesidad de algunos alimentos, como “Brazos abiertos en rodajas”, antes que lo habitual en estos tiempos “Prioridad nacional en su salsa”.

Faltó más solidaridad, antes que la máquina del miedo, en los procesos de transición democrática y afloramiento de los derechos, en el amparo de la triste desprotección social y en la prevención de desastres, en la educación para la solidaridad y en la persecución de los pecados ocultos.

Faltó más comprensión, por lo que exige de todos, que desafíos. Vamos aplazando agendas, incluso la misma ONU, porque somos incapaces de comprender y comprometernos.

Me faltó un monumento a la hucha global, porque con un dólar mensual por familia no habría pobreza en el mundo en diez años, siempre que el dinero se pudiese emplear, también, para erradicar a quienes la provocan.

Faltó un escaparate mundial de la pobreza, para que pudiésemos aprender a oler, saborear, ver, escuchar y palparla. Y que luego, nuestros sentidos se sensibilizasen y no se sintiesen distantes ni interfiriese una pantalla de televisión o la frialdad de una columna periodística.

Me faltó una reconciliación, con un estrechón de manos entre países hermanos, en medio de las ruinas de un pueblo asediado por una catástrofe natural y no aplaudiendo un gol en el mundial.

Me faltó un evento mundial sobre los olvidados, para que fuese importante reconocerlos y recitarlos, con la misma soltura que lo hacemos al acordarnos de las dinastías, jefes de partidos políticos o personajes históricos, alguno de los  cuales ni siquiera debieran constar en los anales sino para cuestionarlos y tampoco olvidarlos.

Necesitamos escuelas que dediquen un día a la semana a analizar las crisis y no las acusaciones, porque estamos formando líderes que pronto estarán motivados por un “saber estar” y no por la necesidad imperiosa de “saber ser”, lleguen a donde lleguen y sean lo que sean a nivel profesional. 

Faltó proclamar como premiados, en los Premios Princesa de Asturias, a líderes anónimos en la resistencia de los pueblos en continuo conflicto.

Me faltó un evento mundial sobre los olvidados, para que se sientan orgullosos de nunca olvidarnos, pues las mayores gestas son los reconocimientos de hermandad mutua.

Faltó una Homilía sobre los daños provocados por la iglesia, para que esperase el perdón de los fieles y no encuentros fortuitos y programados, con silencios que  sonaron, en otros momentos, a renuncias cobardes.

Faltó una clase magistral de cómo llegar a los corazones de los demás, sin doble máscara y no cómo programar un giro, bordeando la luna, para seguir siendo los mismos y premiarnos por no haber aprendido nada.

Me faltó un cuestionario para aprender lo que encierra de verdad cada huso horario, pues nos quedamos en las horas de diferencia y no en los vacíos que nos separan.

Me gustaría que se abriese un postgrado para medir el aprendizaje de lo aprendido, pues los contenidos se aprovechan como continente para salvaguardar, en la gran mayoría de los casos, el articulado contractual que te permite seguir viviendo bien.

Me faltó un diseño de un mundo para jóvenes, que cantaran a la miseria y menos a los altares, que programasen viajes de fin de curso a las tierras de mayor calamidad y que se acompañaran de sacerdotes  y profesores que precisan corregir desde la verdad de lo vivido.

Me faltó un onceavo mandamiento que nos mida por dentro, al igual que medimos las cifras del paro o el riesgo país por las empresas de rating.

Me faltó saber que sigue teniendo sentido luchar.

 

Tu amigo, que nunca te falla

 

 

 

 

Juan

sábado, 21 de febrero de 2026

¿Por qué resulta rentable desviar la atención?

 

Cuando algo nos preocupa inventamos una temática y la ponemos en el centro de la discusión, con ello se desvía la atención y no nos involucramos en algún problema que pueda salpicarnos. Todos empezarán a hablar del tema que se introdujo y se le intentarán extraer todos los pormenores, actualizando la desdicha social a la hora de estudiarlo y buscando culpables sustitutos que, sin saberlo, seguirán en un intenso anonimato que no les permitirá participar en solución alguna.

A algún dirigente le incomoda una noticia y busca alguna estrategia que pueda resultar incómoda. Al tratarla, como una temática de Política Pública, se mantiene distante del foco de atención y nadie encuentra argumentos para cuestionar su liderazgo.

A muchos padres les resulta incómodo hablar de "sexualidad" con los hijos y, ante la pregunta de alguno de sus vástagos, desvía la atención con algún detalle que quiere convertir en norma, con lo que se cierra el grifo del despertar sexual  y  los hijos empiezan a encontrar respuestas en la calle. 

No sabemos qué hacer cuando un abuelo, con trastornos de la memoria, nos repite la misma pregunta y le hablamos de temas que no le permiten participar, con lo que le aportamos incertidumbre y ese miedo les obliga a mantener silencio, mientras recuerden la experiencia recién vivida. 

Nos cansamos de ver la misma actitud, en nuestras mascotas, porque nunca acertamos con la interpretación de sus gestos, por lo que llamamos su atención tirándoles la pelota y así se entretienen, perpetuando su malestar o requerimiento, desviando la atención y dejándoles un vacío de contenido en la respuesta, que pudo haber iniciado una relación con otra estrategia comunicativa.

Escuchamos la voz de nuestra conciencia, como una llamada de atención y nos tomamos un vaso de agua o salimos a despejar la mente, por lo que cuando necesitamos una respuesta firme a situaciones que se repiten estamos dispuestos a improvisar y los errores se multiplican.

Afrontamos la pregunta de un alumno, sin conocer la respuesta, pero solicitamos desgranar el interés que tuvo al formularla, con lo que se perdió la oportunidad de educar por dudas, solventado eslabones que pudieron ayudar a construir estrategias de superación personal.

Hemos aprendido a desviar la atención, porque quizás resulte rentable aparentar que no somos tan inteligentes ni propositivos como nos presentamos a diario.

Tu amigo, que nunca te falla, te desea afrontar la pregunta con verdad, aprender a subir los escalones de las respuestas y no desviar la atención para agotar un juego dialéctico oportuno, evitando así que se transforme todo en un discurso verborreico y sinsentido, ajeno al interés despertado en ese mismo momento.




Juan


sábado, 31 de enero de 2026

Las descostumbres

 

Si por descostumbre entendemos el olvido de una costumbre, es fácil concluir que las maneras heredadas han quedado obsoletas o en el cajón del olvido.

Saludar era una costumbre que alegraba a quienquiera y educaba por doquier, daba fe de un mundo cargado de respeto y su uso normalizado abría las puertas a la conciliación, el encuentro y la convivencia. 

Vivir para los demás era una costumbre que nos mantenía vigilantes de las necesidades  del otro y nos motivaba a solucionárselas con actitudes positivas y samaritanas, basadas en el apoyo constante y la solidaridad del día a día.

Aceptar sin discriminar era una costumbre que te permitía crecer como comunidad, por aprender a barnizar nuestros actos con otras miradas y a rellenar los vacíos con otras miradas anónimas, porque aprendíamos a vivir "con" y no "por" y entendíamos mejor el mundo, a través de las experiencias de nuestros paisanos y vecinos. 

Escribir a mano era otra costumbre que justificaba incursionar en los secretos del "dictado", empleando el tiempo libre en aprender vocabulario, sensibilizar el alma, construir realidades y describir los sentimientos más nobles. 

Hablar y contar era una costumbre que mantenía viva tu memoria, perfeccionabas el arte de escuchar sin  creer en la pérdida del tiempo y multiplicabas las horas aprendiendo la asignatura de "retroalimentarte del pasado más valioso de los tuyos".

Confiar en las instituciones siempre fue una muy buena costumbre, porque era una costumbre sana velar por los intereses de los ciudadanos, manteniendo un equilibrio social que aportaba positivamente en la calidad de vida en relación a nuestra salud.  

Dedicar tiempo libre era una costumbre, sin derecho a reclamo, procurando que la presencia fuese motivo de orgullo a la hora de crecer y, también, de aprender. 

Rezar en silencio era otra costumbre que relajaba tu desasosiego y te reconciliaba contigo mismo, llevando las palabras de apoyo viajero a todos los rincones del mundo.

Leer era una costumbre para afianzar tu cultura personal, matizándola con el paso del tiempo e interpelada por tantos otros que te avisaban si te habías saltado alguna página.

Caminar era una costumbre cuando no había necesidad de tomar tanas soluciones farmacológicas y se  inspiraba con otra fuerza, se sudaba con más sentido y se necesitaba menos gimnasio teledirigido.

Reflexionar era una costumbre cuando no se discutía sobre bulos malintencionados, cuando el interés por aportar superaba al afán por destruir y cuando los estilos de vida no se construían sobre apariencias de cartón.

Susurrar era una costumbre que hoy la sustituyó el grito o la amenaza, porque la velocidad de los acontecimientos, los intereses creados o los miedos malavenidos la retiraron de los escaparates de las plazas y las calles.

Prevenir era una costumbre que habíamos escuchado de nuestros progenitores y  aprendíamos en clases con menos tecnicismos y más ejemplarizantes.

Qué bonito sería recuperar las costumbres de antaño y no aplaudir tanta descostumbre que nos está enseñando a desacostumbrarnos.


Tu amigo, que nunca te falla



Juan 



martes, 6 de enero de 2026

El regalo de Reyes

 


                                            

                                                


                                                    Mi regalo de Reyes

                                                                                        Juan Aranda Gámiz


                                                No podría regalar más leyes

                                                    que las escritas en el corazón,

                                                    y, con el permiso de los  Reyes,

                                                    que la magia sea la oración.


                                                    Quisiera mirar una centella

                                                    detrás de una paloma con alas,

                                                    iluminando tantas sombras y, una estrella,

                                                    sin camellos y sin balas.


                                                     Se siguen sacando de los bolsillos tantos votos

                                                    y se desperdicia tanta saliva, sin remuerdo,

                                                    en  un mundo con muchos más abrazos rotos

                                                    y con incienso que huele a desacuerdo.


                                                     No se escucha llorar al coro

                                                    cuando el villancico calla, si no renuevo

                                                    el alma, sin la mirra ni el oro

                                                    y sólo llego, al pesebre, deseando un mundonuevo. 

                                        


            

lunes, 29 de diciembre de 2025

Espinos y espinas

 

Espinos y espinas

 

Acabamos la travesía de otro año que, para muchos, ha supuesto vivir cerca de plantas espinosas, no pudiendo acariciarlas, consolarlas ni abrazarlas por miedo a las espinas, que no son otra cosa que un mecanismo de defensa para que las circunstancias no sigan insistiendo en abrirles heridas.

Las espinas de quienes están hartos de vivir sin paz, de aquellos que tienen que tolerar imprevistos en su salud y de quienes sienten el abandono de un mundo que dice ser más solidario que nunca.

Y no podemos acostumbrarnos a cortar espinas porque vuelven a brotar para evitar quedar indefensos y vulnerables frente a un mundo que presenta intimidación, una aparente y desproporcionada campaña de selección natural y una insolidaridad que preocupa.

O, tal vez, es que nos estamos convirtiendo en espinos, con una apariencia de fragantes flores, aparentando prosperidad y un pacifismo relativo, pero que proponemos malas acciones enfocadas a alterar la convivencia y a imposibilitar que sea real un principio de igualdad de oportunidades para todos, sin distinción alguna.

Y  si enfrentamos los espinos, a las espinas, nos acostumbramos al olvido de los abrazos y las caricias, nos olvidamos del tiempo que debemos dedicar a los demás y nos desentendemos de los piropos que quedan atrapados y rotos.

Aún no hemos aprendido, a pesar del paso de los años, a proponer la presencia personal y el tiempo que deberíamos escuchar al otro, como la mejor estrategia para que no se necesite formar espinas para defenderse y, si los demás se abren a relaciones más humanas y cercanas, nosotros deberíamos transformarnos en plantas suculentas o crasas. Esas que no necesitan espinas y, entonces, recuperaríamos las miradas cercanas, los abrazos compartidos, los roces de los que se aprende a ser mejor cada día y la luz procuraría sombras sin el relieve de las espinas, que tanto dolor provocan.

Bienvenidos a un nuevo año  sin espinas ni espinos. Feliz 2026

 

Dr. Juan Aranda Gámiz

viernes, 3 de octubre de 2025

La vida es un saco de cuernos

 

Lees un rotativo y te impresiona algún calificativo con el que se pretende justificar una posición ideológica o criticar una compostura social, porque hiere cuando se clava y desgarra cualquier alfabeto sensato de opinión. 

Escribes sobre tu realidad más cercana y te apena que algún vecino no reaccione, con la prudencia acostumbrada, a hechos que conmueven el último hilo de sutura de tus propias convicciones.

Miras las expresiones, cuando sacas a pasear una temática que quieres introducir en una tertulia, y rebota tu bilis en el diafragma al notar que a algunos no se le marcan las arrugas de la frente si las diferencias atacan a los más desfavorecidos.

Pretendes darte media vuelta si es necesario llorar por la mascota que no se separa del cuerpo, sin vida, del niño que le dió compañía y las miradas distópicas no alcanzan a ver dibujado un corazón en las actitudes que humanizan al animal que corretea, gime y calla.

Escondes el odio para que nadie aprenda a gritar antes que a valorar lo mejor de los demás, en espera de que algún día germine en su interior la semilla que dejaste sembrada con tu actitud silenciosa, comprensiva y desnuda, por la indiferencia planteada o el odio marginal vomitado.

Y es que cuando buscas el centro energético en tu cuerpo, en un ejercicio de Pilates, aprovechando una pelota que te de concentración  y fluidez, al mismo tiempo, buscando el control de una respiración y la armonía con un  entorno, es porque deseas conocerte mejor.

Y de pie, sentado o tendido, sientes cómo te van pinchando los cuernos del saco en el que apoyas tu cuerpo.

Cada día ocurre algo que te llama la atención, clavándose en tu cuerpo y despertando tu rabia frente al mundo y cada estímulo es un motivo para generarte un estrés para el que no estabas preparado ni incluso lo deseabas para ti en ese momento.

¿Y qué es eso?

Ni más ni menos es la vida, que es un saco de cuernos.  


Tu amigo, que nunca te falla



Juan 

sábado, 26 de julio de 2025

La campana ... ¿está sonando o no suena?

 Sonaba una campana para acallar el murmullo, antes de un discurso, para que arrancase un combate, para mantener el silencio en el momento del ofrecimiento del pan y el vino, para solicitar un servicio o para anunciar la buena costumbre de quien ofreció un bote a quienes despachan en la barra del bar.

 Sonaba la campana del monaguillo, cuando acompañaba al sacerdote en la peregrinación, a la hora del recreo en las aulas de algún colegio, al abrir una subasta o  al inicio de alguna prueba para aspirantes a un puesto de trabajo.

 Sonaba la campana en los funerales, o en la ceremonia del intercambio de anillos en las bodas. 

 Sonaba la campaña para marcar el inicio de la jornada laboral, en el campo, para indicar la hora del descanso o para remarcar el final de una jornada.

 Sonaba la campana en los aniversarios o eventos, para dar comienzo a un partido o para señalar que podía comenzar un discurso, con tiempos asignados en los debates o para presentar la llegada a la meta.

 Sonaba en los  incendios de difícil control, en la convocatoria a sesiones extraordinarias, ante los aciertos o fracasos en los diferentes retos.

 Sonaba ante la negativa, aceptada, de seguir desarrollando una preparación física y abandonar por cansancio, hastío o incapacidad de superarse a sí mismo. 

 Sonaba en los hospitales, si se superaba una enfermedad crítica o si se lograba superar un cáncer, al momento del alta  y ante una calle de profesionales de la salud que no querían perderse ese eco que sonaba a agradecimiento por cada esfuerzo descargado con ilusión y empeño. 

 Sonaba para señalar la hora de silencio acostumbrado, para ahuyentar animales peligrosos, para anunciar la entrada de un extraño, o invitado, a una casa o para invitar a que lasa miradas se dirijan al animal que lleva un cascabel a su cuello y desea presumir de amistad libre o dependencia aceptada.

 Sonaba para llamar a quien no fuese visible en los desastres naturales  y estuviese bajo los escombros, para señalar el tiempo que se dispuso para preparar una comida o el empeño del despertador por levantarte a toda prisa.

 Sonaba para informar sobre los galardones a entregar o para abrir una bolsa con expectativa de depredadores. 

 Pero no hay una campana que suene por cada vida que sucumbe en la guerra ni por cada estómago hambriento, por cada alimento que se desecha ni por las miradas que desvían su atención, por una firma de guerra, para que todos nos enteremos ni por una falsa noticia que confunde y marca.


Tu amigo, que nunca te falla



Juan 

jueves, 17 de julio de 2025

Las muchas caras del hambre

 El hambre es una sensación que inquieta hasta que consigues saciarla llevándote alimento a tu boca  y encuentras la satisfacción de que tu cuerpo sigue funcionando al obtener la energía necesaria para mantenerte en funcionamiento.

Es, por tanto, una sensación que transmite nuestro deseo de vivir con un aporte constante de nutrientes para sostener un equilibrio interno.

Y, en un mundo en constante contradicción, se oponen los extremos:

Quien tiene hambre, aun disponiendo de alimentos, por una satisfacción interior o por un deseo inexplicado de infligirse un daño.

Quien tiene hambre, por necesidad de llamar la atención sobre las injusticias que quiere denunciar y mantiene su huelga constante, o sostenida, por evitar una ingesta de alimentos con la pretensión de que en el desgaste nutricional al que imprime a su organismo vean escrito el mensaje que quiere transmitir de repulsa, crítica o apego a reclamos sociales justos, necesarios y muy pronto olvidados.

Quien tiene hambre por una necesidad provocada por otros que han saqueado las alacenas de solidaridad a las que todos tenemos derecho, negándoles el alimento al que sólo tendrán la oportunidad de acceder si las bombas no llegaron primero o estallaron en un encuentro compartido.

Quien tiene hambre por agotamiento en su lucha diaria por sobrevivir, mientras otros talaron sus bosques, procuraron la miseria de sus mercados o desgastaron el subsuelo que mantenía su subsistencia diaria.

Quien tiene hambre por vivir en terrenos neutrales, donde dos aparentes enemigos se escupen, frente a frente, provocando el silencio de las semillas y el despertar de las plagas de miedo y arranques de rabia, mochila improvisada al hombro, con la que se emprenden caminos de huida, a la desesperada, en caminos que, muchas veces, no llevan a ninguna parte.

Quien tiene hambre porque no tiene quien le alimente, vive en el desamparo que no puede darle de comer o espera a que alguien subaste su desesperanza al mejor postor y se convierta en aprendiz del reparto de papeles en la escena de la vida que denosta el hambre y lo pretende superar con con actitudes aprendidas para provocar más hambre.

Quien tiene hambre sin esperanza de saciarla y con el dolor del olvido, esperando morir en la espera sin despertar una pizca de cordura en los comentarios o un golpe de algún zapato solidario que emprendió el viaje para acompañarle en su duelo.

Quien ya olvidó la sensación del hambre porque se acostumbró a satisfacer sus requerimientos con polvo, tierra o barro, una energía menos limpia y más humillante, más cobarde y menos solidaria.

¿De qué nos sirve tener hambre si no existe un reclamo democrático? 

El hambre no es un condicionante virtual ni un click de sobremesa. El hambre es una verdad para quien el mundo lo señala y  una propuesta para quien ha aprendido a señalar al hambre.

¿Tenemos que aprender a sobrevivir con hambre? 

¿Por qué no hay hambre de acabar con el hambre?

Tu amigo, que nunca te falla



Juan 


domingo, 30 de marzo de 2025

¿A CUÁNTO ESTÁ EL LITRO DE HUMILDAD?

 No hay eso que llaman "humildad" en todos los centros comerciales, porque no todo el mundo come una ensalada de humildad si está cansado de degustar hipocresía en el menú del día.

Hay muy poca "humildad" en las cartas de los grandes restaurantes, porque las papas aliñadas con rabia o la carne con salsa de ironía están sobresaliendo entre los platos calientes.

Casi no queda "humildad" en las pescaderías, porque los mariscos que se alimentaron de algas sólo conocieron la pedantería en las aguas profundas.

Nadie conoce la "humildad" en la frutería, porque sólo se puede saborear la acidez y la aspereza de la vida, el dulzor amargo y la incertidumbre de lo desconocido.

Es muy raro encontrar la "humildad" en la panadería, porque la levadura es egoísta y la harina espolvorea las noches de un carnaval de desenfreno mentiroso.

Y nunca pude encontrar "humildad" en la licorería, porque cada trago está cargado de desaire, rencor y odio.

Y, entonces.... ¿dónde puedo comprar un litro de humildad?

En la mirada sincera que busca otra mirada amiga

En el dolor del desencuentro que busca un reencuentro

En el día distante que espera acercarse para saludad y escuchar.

En la postura que espera llamar la atención de quien no puede caminar

En los primeros pasos de quien lucha de verdad por un proyecto para los demás.


Hoy he comprado medio litro de humildad. ....¿y tú?


Tu amigo, que nunca te falla





Juan 

lunes, 10 de marzo de 2025

Si las paredes fuesen transparentes...

 

Si las paredes fuesen transparentes, se podría ver la pérdida de tiempo como un gasto innecesario y el trato entre iguales como una condición soterrada que invita al silencio más sepulcral.

Si las paredes fuesen transparentes, se haría visible el doble sentido de los gestos y los colores tenues y apagados de las voces de esperanza, una vez reposada la euforia de los discursos.

Si las paredes fuesen transparentes, sentiríamos el perdón de las miradas y en el suelo podríamos descubrir las huellas desandadas.

Si las paredes fuesen transparentes, se delataría la injusticia de no discutir sobre el desacuerdo de una orden y el valor imperativo de una mirada de consenso.

Si las paredes fuesen transparentes, comprobaríamos el efecto analgésico de un rato de compañía y el alivio, reflejado en las lágrimas que se regalan, por ser aceptado en un mundo de iguales.

Si las paredes fuesen transparentes, descubriríamos el poco interés que genera el calendario y la mentira que cubre los ratings de pacotilla  que tanto amedrentan y preocupan.

Si las paredes fuesen transparentes, estaríamos descubriendo el color de la sangre, sin palpitar, de la inteligencia artificial y el sentido ambiguo que algunos otorgan a los escudos sociales.

Si las paredes fuesen transparentes, nos impactaría el dolor provocado por el menosprecio y el acoso al que se somete al liderazgo.

Si las paredes fuesen transparentes, veríamos donde revolotean las moscas y por dónde corretean las cucarachas.

Si las paredes fuesen transparentes, se leería la letra pequeña de los acuerdos y las diferencias notables en los resultados, según el color de las pisadas.

Si las paredes fuesen transparentes, se verían pasar los cohetes dirigidos y las balas, con nombres y apellidos.

Si las paredes fuesen transparentes, se podría mirar a los comités independientes y a las comisiones de investigación

Si las paredes fuesen transparentes, veríamos cuánto alimento se pierde y desecha, a la vista  y paciencia de tanto niño hambriento. 

Si las paredes fuesen transparentes, saludaríamos a las caries de tanta gestión inexperta y los eructos de tanta bandera cuestionada.

Si las paredes fuesen transparentes, seríamos tristes espectadores de tanta tragedia desapercibida y enemigos de las cordiales bienvenidas...

Ay¡ si las paredes fuesen transparentes...


Tu amigo, que nunca te falla




Juan 

  

martes, 4 de marzo de 2025

El lenguaje gestual se ha hecho mayor

 

Las palabras, como casi siempre, han perdido su sentido diplomático y han dado paso a los ex-abruptos de los gestos. Y son estos los que se han ido incorporando en el lenguaje coloquial, intra-familiar, o incluso paterno-filiar.

Se señala más, porque faltan palabras para detallar lo que se tiene que transmitir en algún momento  concreto. Y es por eso que los gritos estén de actualidad, que el negacionismo inaceptable esté de moda o que acorralar a alguien y señalarlo sea una estrategia "de quita y pon".

Si cualquier avance hacia la normalidad debe incluir un lenguaje gestual de odio y menosprecio, con cortes de manga que no aceptan ortografía alguna, lo normal que nos espera es lo peor de la espera.

El mundo no plantea ni lanza sugerencias para que hablemos, con templanza,  al referirnos a un enemigo. Hay que transmitir una rivalidad de contrastes que es poco edificante  y, si se acompaña de gestos amenazantes, parece que va más acorde con los propósitos.

Se debiera planificar el interrogatorio con el ánimo de extraer respuestas convincentes, aún con la posibilidad de rebatir los argumentos en el transcurso de un diálogo "al uso".

Sin embargo, es notorio que se estudian los gestos que pretenden amedrentar, ya que así se hace presente el salvajismo de la condición humana. Se ha aprendido a interpretar las ofertas, en este teatro donde se plantean dudas y medias verdades, con la sombra del miedo y e sin pizca de compresión alguna.

Y de tanto usar el lenguaje gestual que obliga, condiciona o tergiversa, se ha hecho mayor una conducta imperativa que no deja espacio para una discusión serena, sensata y propositiva.

Los niños no tienen paciencia para escuchar y aprender de los relatos, porque se ha aprendido que lo impuesto debe visualizar el poder aprendido.

El padre está para enseñar y del que se debe tomar el ejemplo, acompañándose de un lenguaje de gestos que enfatizan la verticalidad en la transmisión de hábitos, e incluso de caracteres.

El lenguaje gestual transmite la picardía del momento, así como también podría relatar la aceptación de las diferencias, aunque sigue definiendo los escalones de la incomprensión y no el horizonte que nos debe unir a todos.

La única bandera que nos unirá, en el futuro, debiera ser la de los gestos normalizados que no aceptan interpretación tergiversada y el único acuerdo de paz que debiera ser aceptado, por todos, tendría que incorporar, por imperativo legal, un lenguaje gestual cargado de compromiso y comprensión mutua.

Tu amigo, que nunca te falla



Juan 

  

lunes, 24 de febrero de 2025

Pónte, nuevamente, al día

 

Nos quedamos dormidos un rato y necesitamos actualizar nuestra visión. Regresamos de practicar algún deporte y precisamos actualizar nuestro ideario. O, incluso, estornudamos y ya es hora de cambiar nuestras apreciaciones sobre el cambio que está por ocurrir.

Los contrarios se están aliando, porque en la puesta en común consiguen despistar a quienes creían conocer las entrañas de algunos actores en el escenario global.

Las voces altisonantes, con una pizca de miedo singular y cuatro gotas de malhumor, aplicadas mientras hierven los acontecimientos, va aderezando un potaje que terminará sabiendo a olla y así nadie sabrá si hubo picante entre los ingredientes, porque se hará referencia a la comida de la abuela y pasaremos el rato intentando perfilar nuestro gusto con los años de nuestra infancia, ajenos a lo que sucederá, mientras tanto, a nuestro alrededor.

Alguien que renuncia se volverá crítico y tendrá una audiencia ejemplar, pero cuando hay oportunidad de dar un salto de gigantes, olvidándose de los demás, empiezas a criticar las mismas renuncias para aliarte con la otra mitad de la audiencia, la que aplaudirá tu contoneo para salvar las regulaciones y ahí aprenderás a  manejar, a tu antojo, el estado de derecho.

Los gestos crean alarma y ésta promoverá la huída a ninguna parte, donde la desinformación te aceptará como víctima y tu voz será un grano de arena en el desierto y las dunas tendrán el color que quieras darle y los cielos de media noche serán rojos, si así lo deseas, de ahora en adelante. 

Se presume de lo que no se tiene porque así se puede llegar a tener algo de lo que presumir. No sé si aprender a hablar te obliga a comprar la nueva chaqueta que te diferencie del resto o si crees que hablas mejor que los demás, en una auto-evaluación, y por eso necesitas comprarte una chaqueta que confunda al espejo y pueda verte diferente.

Se ven alianzas cuando hay dos que buscan pelea y estos nunca se aliarán si se pelea el resto. Se ponen nombres a situaciones que estuvieron en el olvido, pretendiendo generar nuevos derechos, cuando aún están en el olvido aquellos que nunca se respetaron.

Creamos puestos de trabajo par luego crear carreras que precisen un pénsum coherente y después de unos años las bolsas de paro están llenas de especialistas en carreras que luego no serán viables, en lugar de buscar perfiles para generar carreras que respondan a necesidades reales, mientras que así lo sean.

Los pájaros nos miran, atentos, porque no entienden nuestro piar y nosotros, mientras tanto, los criticamos por no poder hablar. Al nido acuden los padres a alimentar y proteger, mirar y arropar, para que nunca olviden, en un mañana muy cercano, de donde vienen y a dónde deben ir.

Insistimos que el mundo es una barca común, pero no hablamos de la primera y la tercera clase. Acostumbramos a ver películas que destaquen nuestra alma solidaria y luego paseamos por sus calles, repletas de una solidaridad sin alma.  

Aprendemos caligrafía con frases como esta: "El mundo es mío" y así luego nos cuesta trabajo compartirlo. O "Mi papá es bueno", para que la posesión llegue a ser, mucho después,parte de cualquier lema de campaña, esa que busca olvidarse de quienes no tienen propiedad, más allá del aire que respiran.

Te invito a que decididamente no te despistes, no estornudes, no cierres los ojos o no practiques deporte con auriculares, porque cuando al cabo de un rato vuelvas a mirar al frente necesitarás ponerte, nuevamente, al día.

Tu amigo, que nunca te falla



Juan 



lunes, 17 de febrero de 2025

De ocurrencia en ocurrencia, a precio de saldo

 

Cada día nos despierta una ocurrencia brillante, sin un diseño lógico ni un trasfondo humanitario, pero aprendemos a digerirla porque somos parte de la audiencia y, poco a poco, vamos acostumbrándonos a la impunidad que acompaña a un impulso, aupado por una posición de liderazgo, que se transformó en un desacierto y terminó salpicando la esperanza.

He escuchado que alguien quiere comprar países, o renombrar la geografía, como si ese alguien quisiera competir, en fuerza y ocurrencias, con el oso polar, como el mayor depredador terrestre o se atreviese a susurrar a Anaximandro de Mileto, como el primer cartógrafo, para que rectificase nombres ante de publicar su primer trabajo.

Hay intentos por reescribir el obituario de Jimmy Carter, pretendiendo adueñarse del "Canal de Panamá", como si un geo tactismo inhumano estuviera desplazándose en el ideario de la ambición humana, muy por encima de los Tratados y los Acuerdos internacionales.

Un arrebato incoherente, aunque luego se intentara matizar la ignorancia puntual, como tropiezo verbal, condicionó que otra ocurrencia arrastrara la esperanza desmedida de lo fácil a un descalabro financiero, por lo que ahora se reclama y todo quedará, de nuevo, "a precio de saldo".

Se propone acordar sobre lo que ya está acordado y surge una movilización en base a una nueva ocurrencia, pretendiendo generar un acuerdo para manifestar el desacuerdo global, cuando la ocurrencia primaria va camino de cristalizarse "a precio de saldo".

Alguien es señalado y acepta el señalamiento, pero se le tuerce el dedo para que este señale en otra dirección, a la que todos miramos, aún a sabiendas que es otra ocurrencia, quedando expectantes ante una resolución que nos despistó y seguimos absortos porque cada vez es más difícil resolver lo que tuvo respuesta, para que "a posteriori" algunos terminen frotándose las manos "a precio de saldo".

Todo salpica porque la gran mayoría siempre está cerca y la mejor estrategia es llevar en el maletín un impermeable, de quita y pon, para aparentar pulcritud en las formas y, al final, las palabras y las acusaciones saldrán "a precio de saldo".

A  alguien se le ocurre establecer una ruta de doble sentido, como un eco migratorio, enseñándote a aceptar el regreso del bumerang y abriéndole paso para que golpee tu propuesta, por la que recibirás un escudo social, sólo acordado entre las partes y los Tratados seguirán ilesos "a precio de saldo".

Un entusiasta reúne a ingenuos para hablar de las ocurrencias de un pseudo-estratega y nadie acierta a ponerle el cascabel al gato, aunque las diferentes ponencias depositarán la confianza en una portavocía que pretenderá convencer a todos que la estrategia está en marcha, aunque al final se acordará que se estuvo de acuerdo con que todo se solucionara "a precio de saldo".

Nadie debe menos de lo que gana, porque hemos aprendido a tener más de lo que necesitamos y siempre habrá quien te regale por encima de lo que te mereces y luego te robará lo que no era tuyo, con la ocurrencia de que le proyección  social es un despilfarro que sirvió para que otros ganasen el pan con el  sudor del de enfrente y la honestidad verá que, poco  a poco, del accidente salió todo el mundo ileso "a precio de saldo".

Tu amigo, que nunca te falla, te invita a prepararte para descubrir un verdadero ocurrenciómetro, que sea capaz de medir la ocurrencia que permita que todo salga "a precio de saldo".




Juan 


jueves, 13 de febrero de 2025

¿De qué se debe hablar el 14 de febrero?

 

Se habla del amor por destacar el vínculo tan especial que se genera, en un momento dado, perdurando luego en el alma viva de una relación eterna, aunque siempre esconda el simplismo de una mirada sin trastoques ni contratiempos, regada de una ternura sin igual y una complicidad irrepetible.

Se habla de la hipótesis de una amistad de marca blanca, donde no cabe el pudor contenido por encima de la franqueza, a fin de construir la belleza de una comunión perfecta, donde siempre hay espacio para el diálogo y la versatilidad, al mismo tiempo.

Se habla de rompecorazones, creyendo y haciendo creer que te hipnotizan con el brebaje que impregna la punta de flecha de un tal "Cupido" que debe estar atento a las señales para clavarse, con puntería milimétrica, en cada ventrículo que considere un receptor único de algún despertar muy especial.

Se habla de esperar que te sorprendan, que el destino te señale y te destaque, por encima del promedio, para que los demás entiendan tu suerte de un día y que los mensajes, diseñados por anónimos, sepan clavarse y provocar un sangrado constante de exclamaciones al sentirte especialmente especial.

Se habla, muy por encima, de esa persona que fue capaz de demostrarte el valor de la superación, en la distancia de un suspiro o en la cercanía del mejor estímulo, pero siempre después de matizar con un "te quiero" al abrazo que le extiendes a la persona más cercana para que el almanaque te vea que cumples con el día tan señalado.

Se habla, desde muy lejos, de la persona que duerme en la cama de un hospital y le lanzas un mensaje de apoyo sin detener tus pasos, pensando en la cena a la que te han invitado.

Se habla del hambre, mientras estás comiendo o de las balas, mientras el primer vecino te invita a entrar a su casa para que puedas ver el mueble que acaba de comprar. Aplaudes los buenos gestos, mientras que otros gesticulan para determinar el futuro de los demás, con amenazas que tiznan las incoherencias verbales que adornan su impertinente y constante diarrea oral.

Sin embargo, no se habla de la necesidad de amigos para defender una propuesta humanitaria ni del humanismo que debe aromatizar el derecho a permanecer en tu propia tierra.

No se habla de la amistad que debe subyacer en la relación de pareja ni del respeto que debiera acompañar a todo beso.

No se habla del amor en cada empeño que descarguemos por los demás ni del calor que debe abrigar el alma de un roce. 

Tampoco se habla del movimiento de las manos cuando pretendemos educar en sexualidad ni de los piropos que intentar levantar el ánimo, despertando una pizca de atención.

No se habla, casi nunca, de los potenciales amigos que viven escondiendo su amistad, del amor por los padres a cualquier edad ni de las lágrimas que despierta la amistad eterna de una abuela o un abuelo que aún nos pasea en nuestros sueños.

Y ni se habla del enemigo que quiere ser amigo, del crítico que te quiere ver crecer, del perseverante que quiere servirte de ejemplo, del acompañante que está ahí para que llores, te quejes  y sigas seguro en tu apuesta de vida.

Y nunca se habla de lo bueno de los amigos ni de la humildad del comportamiento silencioso de la pareja, que te hace grande sólo con su presencia, del interés de un hijo porque sigas siendo su modelo ni del coraje encerrado en  un aplauso, que quiere motivarte a que sigas cumpliendo lo que prometes y que prometas siempre lo que puedes hacer y nada más.

Y no se habla de los apretones de manos que sellan amistades de por vida, de las arrugas que traducen la dedicación de una vida entera, de los cuerpos jorobados que empeñaron su vida por ti ni de los balanceos de las miradas que soportaron tu constante imprudencia.

Creo que es hora que compremos menos rosas y hablemos más del otro, que estemos menos pendientes de las flechas y más de las manifestaciones de amistad que andan escondidas en el mundo, entre balas, pasos perdidos y pueblos desheredados.

Tu amigo, que nunca te falla, te desea un 14 de febrero lleno de voces dispuestas a compartir su eco.




Juan 

   

 

martes, 11 de febrero de 2025

Cada olvido tiene su sinsentido

 

Hay quien se olvida porque le faltó planificación en sus buenas intenciones y todos entienden, al fin y al cabo, que el contenido de aquel olvido no cambió el sentido del discurso ni el éxito de la propuesta.

Hay quien se olvida porque se lo aprendió todo de memoria  y cualquier ruido o voz altisonante, un  gesto perdido o la caída de algún objeto, interrumpió la secuencia y todo el mundo se percató que aquel aprendizaje sin el apoyo del alma era un compromiso a medias que no merecía el aplauso de quienes esperaban más entrega en las palabras.

Hay  quien se olvida adrede, esperando que nadie se de cuenta del lapsus, porque la falta de diálogo sobre ese punto giró el verdadero sentido humanitario de alguna propuesta y, cuando se quiso anotar, ya fue tarde para introducir ese condicionante que hubiese sido la sazón perfecta para un buen gesto, previamente tratado y horneado a fuego lento.

Hay quien se olvida porque nunca imaginó que el detalle es lo que hace la diferencia y acostumbró a lanzar un piropo "al uso", no queriendo ser pedante cuando se mira y se habla desde el corazón, al mismo tiempo, por lo que las emociones se sintieron a medias y sin ese toque especial que hará especial algún beso o abrazo que vendrá desde algún rincón del alma.

Hay quien se olvida porque no había dedicado un tiempo a saborear el encanto de algún momento pasado y el recuerdo quiso pasarlo por alto, con lo que la añoranza suena a duda inoportuna y  el compromiso a una carta de restaurante mal redactada.

Hay quien se olvida cuando la espera sigue contenida y en los pasos que van acercando se escucha el lamento de un corazón por una respuesta con algunas faltas de ortografía, por lo que el abrazo se habrá quedado sin matices que puedan rellenar los segundos perdidos en tanta ensoñación vana.

Hay quien se olvida de mirar a los lados, creyendo que el norte es el único punto cardinal y peca de desconocer por dónde sale el sol y por dónde se pone, de contrastar las diferencias no resueltas  y de analizar el origen y el final del camino, de dibujar los contratiempos que nos permitieron crecer y de entender lo que nos contempla e interpela, convirtiéndonos en protagonistas, a medias, de nuestro caminar.

Hay quien se olvida por necesidad y todos necesitamos estar ahí para que le recordemos que hay una posibilidad por hoy, y siempre todavía, de que su vida cambie, también por necesidad.

Hay quien se olvida por miedo y ese espacio se convierte en un tormento que cargará hasta que alguien, o algo, le insinúe el valor de la verdad para entrar en paz consigo mismo.

Hay quien se olvida porque la monotonía entró en su vida y no dedica un tiempo a ventilar los sueños y airear lo que nos marcó y necesita humedecer la noria que le balancea para que el arco le permita disfrutar de una libertad que le saque de su encierro.

Hay quien se olvida porque olvidar está hilado en el chaleco con el que se viste cada día y hay que plancharlo y perfumarlo de presencia, que despierte al instante que detenga lo más pasajero de su vida y lo instale en el momento que le devuelva la conciencia de su propio ser y estar.

Hay quien se olvida porque le han robado sus derechos y cree que hay que seguir pidiendo en un mundo de sordos, acostumbrado a la ignorancia de los esfuerzos que deberíamos descargar por los demás.

Hay quien se olvida porque le cuesta llorar al pasar delante de la puerta de los cementerios y hay quien se olvida porque no se explica quién llegó a ser en una sociedad que esperaba mucho más de él o de ella.

Hay quien se olvida porque escuchó, pero nunca conoció  o quizás nunca le permitieron conocer.


Tu amigo, que nunca te falla, quisiera que no hubiera tantos olvidos y, si fuese necesario que los hubiese, que se explicasen los motivos para que los demás le autorizásemos, o no, a olvidar.



Juan

sábado, 8 de febrero de 2025

Aquí se propone y también aquí se dispone

 

Hemos escuchado, transmitido de generación en generación, para convencernos que debemos resignarnos ante la adversidad y culpabilizarnos si no todo sigue un curso ideal, que "el hombre propone y Dios dispone".

Cualquier fuerza sobrenatural podría, con esa cosmovisión, modular nuestras intenciones y redireccionar nuestros esfuerzos, aspirando a buscar el bien común guiados por una ética social constantemente supervisada.

Cualquier acto moral requiere, únicamente, ser libre y actuar acorde a un código de valores, pero no se puede incluir en la predisposición a un filtro que disponga, a posteriori, si es oportuno, justo o necesario tal iniciativa, sin darle voz a quienes son, o serán, receptores sociales de nuestro empuje.

Y no es sólo el hombre, quien propone, sino el ser humano en su conjunto y así restamos los pigmentos de machismo de cualquier aforismo.

A partir de una propuesta de vida, será también el ser humano quien disponga, aunque a veces sea coherente la respuesta o alienante y represiva, en otros, dependiendo si la conducta es evitativa, intimidante, condicionada o propositiva.  

Me imagino en el cielo un árbitro de escenarios terrenales posibles, que intentará ponderar los esfuerzos y dejará en libertad que se desarrolle el juego, pero nunca se manifestará con un sesgo por alguna de las partes aunque siempre busque el equilibrio de los consensos.

Creo que en la búsqueda del ejemplo a transmitir, en nuestra constante pastoral de la vida diaria, a fin de remodelar iniciativas que puedan prosperar y respuestas más acordes al bien común, está la clave para asumir que hay propuestas que aplaudir, por el esfuerzo empeñado y  la lucha cabal, a pesar de las incomprensiones y limitantes que interpongan quienes intenten disponer su inviabilidad y , por el contrario, habrá recorridos que estigmatizar, aunque se le faciliten los espacios para que pueda desarrollarse en ambientes cargados de una libertad cuestionada.

"Aquí se propone y también aquí se dispone", aunque se acepte que alguien o algo deba modular la caja de resonancia de este mundo para que las voces se escuchen mejor y las palabras puedan seguir sirviendo a una comunicación más humana y eficiente, apelando al alfabeto del alma como el mejor abecedario posible en las relaciones interpersonales.

Por tanto, no es sólo el hombre quien propone y tampoco Dios quien siempre dispone.


Tu amigo, que nunca te falla




Juan 

viernes, 31 de enero de 2025

La vida busca el complemento

 

Da la impresión que no nos conformamos con lo que nacemos o con la suerte que nos ha tocado vivir y pasamos días y años intentando buscar el complemento para equilibrar nuestras emociones o buscarle el sentido a las angustias.

Tenemos momentos de carcajadas, sin un motivo claro y, a continuación, se suceden instantes cargados de preocupación y lamento, como si necesitásemos valorar el precio de una sonrisa y pagarlo con  el presupuesto de unas lágrimas.

Metemos un gol y aplaudimos el esfuerzo, pero hay que tener la suficiente deportividad manifiesta para aceptar un gol en contra, sin menospreciar la actitud del contrincante.

Vivimos momentos de salud, que casi nunca apreciamos, pero el dolor y la pena de un contratiempo nos alarma, porque en ese instante algún otro caminante de esta vida necesitó una mínima alegría para equilibrar el sufrimiento prolongado que ya le preocupaba y lo nuestro pasó a ser suyo.

Las personas bajitas necesitan acoplarse con parejas más altas, quizás para poder disponer de un punto de mira intermedio entre las dos estaturas.

El crítico, que abusa de sus arrebatos, necesita de un tolerante que acepte y entre los dos construyen una actitud oportuna y resiliente, moderada y más acorde, buscando que la sociedad no te rechace y esperando que los demás te acepten de mejor manera.

El melancólico precisa que le escuche un entusiasta, así como el hipocondriaco desearía tener a su lado a un indolente o el hambriento a un fanático de tanta dieta, quizás porque el equilibrio los acerca en una propuesta más coherente de vida. 

El estoico, en su afán por la racionalidad, se enfrenta a la búsqueda del placer del epicúreo y así se alcanza un término medio entre lo objetivo y lo subjetivo, a fin de entender mejor tu realidad, en relación con lo que te rodea.

El extrovertido se aferra a una personalidad introvertida, que le frene en sus impulsos y sedimente mejor sus pasiones. Mientras tanto, un profano puede pasear con un beato, en un intercambio de parpadeos por su apreciación por el culto, alcanzando un consenso sobre el verdadero sentido de los extremos.

El lego buscará a una persona versada para enriquecer sus contenidos y mejorar el sentido del diálogo emprendido en cualquier esquina. Y el avaro tenderá a buscar un generoso, porque hay que cuidar lo propio sin despilfarrar y así, la economía, en su punto medio, permitirá un balance más adecuado. 

El charlatán se enamorará de un lacónico, porque hay que medir el desgaste del vocabulario, ya que el eco puede acarrear un gasto innecesario.

Tu amigo, que nunca te falla, te invita a reflexionar sobre los diferentes complementos que se suceden en el día a día  y a encontrarle el verdadero sentido a los contrapuestos.



Juan  

 

sábado, 18 de enero de 2025

¿Se arruga el alma?

 Cuando se habla de una tregua, en un conflicto armado, es porque se vive la paz con esperanza y, si en medio de tanto diálogo se siguen lanzando bombas para humedecer más aún de lágrimas los corazones desvalidos, se me arruga el alma. 

Cuando alguien habla, en medio de una aparente estabilidad, que quiere comprar o invadir Groenlandia, porque los intereses despiertan la avaricia de poder de sus bolsillos, en espera de que el mundo cambie a su antojo, porque su sensibilidad aún no ha alcanzado la mayoría de edad, se me arruga el alma.

Cuando un ser humano, en algún rincón del planeta, dice que no recibe la atención primaria que tanto se propugna, por falta de una iniciativa global, soporte económico o conciencia global de que la salud es un derecho para todos, se me arruga el alma.

Cuando alguien, embebido en odio, contrata a un niño para hacer daño a otro, copiando las guerras entre potencias, aprovechando territorios fuera de sus propias fronteras, sin importar las consecuencias y derivadas de la ejecución de tanto arrebato que sale desde el lado más obscuro de la conciencia, se me arruga el alma.

Cuando se habla en nombre de personas a las que se olvida cuando ya no representan la bandera que tanto dinero genera a quien arma su discurso desde la misma hipocresía, se me arruga el alma.

Cuando los padres se olvidan de los hijos con problemas o los hijos, adultos con futuro asegurado, se olvidan de los padres, sentados en una esquina de la casa para que no molesten, se me arruga el alma.

Cuando escucho que hay miles de medicamentos huérfanos, sin una indicación adecuada por falta de investigación oportuna y mueren personas que podrían haber sido receptores de un beneficio potencial de estos fármacos, se me arruga el alma.

Cuando se cobra, en exceso, por la patente de un medicamento y hay quien no lo puede tener accesible en años, quizás cuando ya no lo necesite y nadie se preocupa de acercárselo para apoyar en el tratamiento de su problema de salud, se me arruga el alma.

Cuando un ciudadano se queda más de una hora esperando, en la esquina de enfrente, a que alguien le coja de la mano para pasar la calle y ese alguien no llega, se me arruga el alma.

Cuando compruebo que cualquier paso que damos tenemos que mancharlo con un interés económico, a pesar de que la sociedad nos permitió formarnos, se me arruga el alma. 

Cuando acostumbramos a decir lo que nunca haremos y a hacer lo que nunca dijimos, se me arruga el alma.

Cuando empieza a flotar una esperanza de llegar a tierra firme, albergada en un cuerpo muerto que el océano tragó en sus intentos de apoyar a su familia a encontrar nuevos horizontes, se me arruga el alma.

Cuando el oro está presente en los altares y los portales, mientras la tierra es el material preciado de tanto niño abandonado y tanto abuelo de la calle, se me arruga el alma.

Cuando los aplausos y vítores son olvidados por grandes comensales que estuvieron vociferando en campaña y pronto dejaron atrás sus promesas de hojalata, aún encima de tanta esperanza muerta, se me arruga el alma.

Cuando tengo que despedir a alguien que se merecía vivir y tengo que dar la bienvenida a alguien que tenía que haber muerto, en alguno de sus desaires, se me arruga el alma.

Cuando mucha gente está pendiente del almanaque para felicitar, de las redes sociales para no olvidarse y no recuerda las lágrimas de quien vive esperando, se me arruga el alma.

Cuando sigue habiendo mendrugos de pan duro en medio de tanto alimento procesado y seguimos despilfarrando bolsas que cargan contenedores, en medio del hambre de muchos, se me arruga el alma.

Cuando las alianzas van buscando conquistas, las asesorías solo buscan el éxito, los documentos propician la segregación humana, las decisiones sólo engendran más distanciamiento y los discursos se olvidan de las necesidades más elementales, se me arruga el alma.

Tu amigo, que nunca te falla, quisiera saber si a ti, también, se te arruga el alma.



Juan 

sábado, 11 de enero de 2025

¿Tiene apellido la soledad?

 Un buen amigo me dijo, hace muy poco, que la soledad le ha enseñado a vivir acompañado y eso me despertó el interés por saber algo más de sus apellidos.

Para tener apellidos hay que conocer a los progenitores y creo que para cada momento de soledad se entrelazan dos momentos determinantes, a veces hasta contrapuestos, como el abandono y las miradas esquivas, o la marginación y el olvido, la incomprensión y el castigo, la pérdida y el maltrato, el dolor y la necesidad más elemental, la verguenza y el fracaso o la miseria y el ninguneo, la enfermedad crónica y la falsa esperanza, o el dolor incomprendido y la reflexión más existencial. 

Hay soledades de necesidad, porque el cerrar los ojos te arrastra a extraer mensajes de vivencias, tan necesarios para reorientar tu vida. 

Hay soledades por exclusión, porque todo el mundo encontró un momento de acomodo o emparejamiento, con seres humanos o circunstancias, pero hubo alguien que quedó sólo, por olvido, abandono, menosprecio o incapacidad de ajustarse a otras realidades.

Hay soledades de costumbres, pues es difícil encontrar a alguien que siga tus hábitos hasta el extremo de reorganizar su propia vida para hacerte dependiente de una manera de comportarse o de un estilo de gesticular y todos te abandonan en tus retahílas y tus protocolos tan medidos.

Hay soledades de ratos muertos, pues se suceden los minutos sin encontrarles sentido y al conjunto aprendemos a llamarle soledad, porque a pesar de acompañarte las rabietas con la vida, las lágrimas de la lentitud del paso del tiempo o la pesadumbre de un tormento de autoestima, a la que crees fielmente responsable de tu situación actual, piensas que puedes leer en los renglones vacíos de la soledad más inquietante. 

Hay soledades de despedida, las que suenan a nido vacío y, entonces, precisas reordenar tus argumentos de vida.

Hay soledades de reinicio, como la de quien sale de un infarto, en la antesala de la muerte y presupone que la vida tiene otras metas a alcanzar, o la de quien abandona la cárcel y tiene miedo de entrecruzar miradas por miedo a dejarse llevar, de nuevo.

Hay soledades de compra-venta, pues alguien viene a preguntarte cómo estás y a llevarse un poco de la soledad a la que no te acostumbras, para al cabo de un tiempo regresar queriendo venderTe parte de la soledad que, ahora, es él quien no puede manejar. 

Hay soledades competitivas, pues aceptamos nuestra suerte porque otros la viven gritando, aunque no pueda rellenarla ni la mejor estrategia del mismo psiquiatra.

Hay soledades de manifiesto, pues se parecen a la misma soledad que otros comentan, verbalizan o narran, en sus ratos de liderazgo o consejería a alguna generación venidera. 

Hay soledades económicas, pues ante tu queja de vivir sólo recibiste más compañía que si nunca hubieses atravesado por una etapa solitaria y te salió rentable el aislamiento aceptado.

Y hay soledades constructivas, de las que te aportan para construir relatos y rellenar momentos de pastoral, porque también es importante el mensaje que nació solo para generar un aplauso acompañado de otros muchos y un ejemplo del que acordarte algunos años más tarde.

No hay que temerle a la soledad, sino a sentirse sólo en la misma soledad. La soledad está llena de oportunidades y lo único que se te permitirá es callar, escuchar y sentir,lo necesario para sentirte en paz consigo mismo.

Parte de la curación, o sanación, empieza por encontrar el elixir más apropiado en momentos de relleno sanitario en la soledad.

Tu amigo, que nunca te falla, está seguro que tiene muchos apellidos la soledad y hay que vivirlos con orgullo, porque aprenderemos a abrillantarlos para encontrarle el verdadero sentido a la metamorfosis constante de la vida. 


Juan  






jueves, 9 de enero de 2025

¿Quién conoce a un Rey Mago?

 Sabemos que deben existir los Reyes Magos porque todos recibimos regalos el 6 de enero de cada año, con lo que iniciamos la tarea que nos espera, saboreando el contenido y aplicándolo en nuestra vida diaria.

No todos probaron caramelos, pues algunos tuvieron sinsabores y, la gran mayoría, ni pudieron salir a la calle a recibir nada, porque para ellos no hubo esa "Estrella de Oriente", ya que se encuentran entre los más olvidados y no hay carreteras por donde se pueda guiar el trote de ningún camello ni las pisadas de ningún caminante. 

Si pudiese leer las cartas, que realmente fueron redactadas por los más pequeños y no por sus padres, estoy seguro que encontraría una solicitud muy repetida de medio kilo de esperanza, porque hay quien espera por una reconciliación de sus progenitores, por el regreso de un familiar que dió el último adiós a los suyos, el distanciamiento de una mascota enferma, la soledad de la cama de un hospital, sin esperanza de curación plena, el abandono o la adopción, la guerra que le arrebató todo y no se vislumbra una paz, ni incluso acordada entre muchos, porque también son muchos los que esperan que sigan los combates para seguir ingresando fondos con la vida de terceros.

Y muchas horas estarían los camellos buscando un pesebre, porque una minoría espera su regalo sin conocer al burro ni la paja, en medio de la opulencia, donde no hay espacio en la cuadra para el perdón ni para la comprensión del significado de la necesidad más elemental.

Yo sustituiría a los Reyes por políticos que diesen un mensaje de compromiso, por padres que se comprometiesen más en recuperar la relación paterno-filial, en nietos que prometieran a sus abuelo más ratos escuchándoles, en vecinos compartiendo apoyos, en hogueras que diesen calor donde el frío está presente día y noche, en pedagogos que se transformasen en verdaderos maestros de oportunidades y líderes de andamio, de los que están encima esperando que la pared del educando siga construyendo lo que será en un futuro cercano.

Pienso que los regalos habría que darlos en mano, frente a frente y no en los balcones, aunque se pierda ilusión, porque ahí se generaría un compromiso, aunque no estuviese escrito en la carta retórica y anual que se lee en las rodillas de algún ser humano, con buena predisposición y con disfraz.

Pidamos un regalo en la pila bautismal, ante las rejas de una celda con alguien que quiere cambiar, en una esquina, mientras se acurruca quien fue desahuciado por los que aplaudieron su mala suerte, ante la pantalla de televisión cuando veamos un niño desnutrido, preguntando al mundo si pudieran dedicarle unas palabras para que entendiera el por qué de su suerte y su abandono.

Y no quisiera que los Reyes Magos tuviesen careta de político, que dijesen la verdad, que no esperasen aplausos, que viviesen sólo de repartir y se alimentaran de miradas, que pudiesen entrar en los sueños y que parasen las balas, que ondearan todas las banderas por igual y que también llegasen nadando,que empujasen a quien no puede caminar y que repartieran migajas para que todos ingiriésemos las mismas calorías, que se pudiesen meter en los lugares más remotos para convertir el agua en coladas, los panes en carne y los guijarros en caramelos.

No se necesitan juguetes de segunda mano sino presencia y de eso cabe mucho en una talega. No se necesitan incienso ni mirra, sino capacidad para juntar manos entre diferentes y lágrimas para aprender a llorar por los demás, agua para deshacer títulos entre quienes no tuvieron oportunidades y coladores para filtrar tanto virus oportunista .

Es cierto que no conozco a los Reyes Magos, pero si sé lo que haría si lo fuera.


Tu amigo, que nunca te falla



Juan