Estamos a punto de terminar el
primer semestre del 2026 y me faltó más solidaridad con quienes más lo
necesitan, como las víctimas del desplazamiento, las poblaciones en inseguridad
alimentaria o las mujeres y niños en
emergencias humanitarias.
Este mundo está harto del
emotivismo con los discursos prefabricados, los que siempre buscan el bienestar
de la letra pequeña, cargado de intereses creados y destinados a condicionar la
vida de toda una esperanza.
Hubiese esperado una misa,
empolvada entre las ruinas de Gaza, para inaugurar un compromiso con la paz, antes
que una celebración con cánticos y fuegos artificiales en medio de una
basílica, porque Gaudí también lo
hubiese querido así, ya que el Modernismo
es estar presente ante los demás antes que los demás te lo pidan.
Sigo esperando que las agencias
de viajes programen viajes por la pobreza, con el propósito de entender mejor
el dolor de las ausencias y que los fondos recaudados apoyasen la verdad de una
búsqueda de la igualdad de oportunidades de todos los seres humanos.
Quisiera haber leído un blog del hambre, para entender el valor
de una migaja, el sentido de un servicio público de salud o el compromiso
verdadero de una mano extendida, sin la presencia de fotógrafos ni las falsas
representaciones de organismos internacionales.
Hubiese sido ideal haber hablado más de las cosas “de carne y hueso” que de una inteligencia artificial, porque son las únicas que sufren por la soledad y el castigo.
Me faltaron hechos y me
sobraron palabras, por eso se destruyeron acuerdos y se dinamitaron miradas.
Me faltó una renuncia al egocentrismo en favor del sentido común.
Y menos grados centígrados de un oportunismo voraz, que se inmiscuye en un
mundo despistado para confundir sobre los valores y las gestas anónimas que nacen
desde el corazón.
Me faltó más apoyo que
protección de intereses en los medios de comunicación.
Fue necesario un mayor grado de
hermandad “anónima”, una especie en extinción, que selfies ante grandes
monumentos, los que si tuviesen alma estarían criticando nuestra pose para que
quede huella del empeño en invertir un dinero para colocarse allí y en aquel preciso
instante. Me sobró el presumir de un mundo de puertas abiertas en su vida para
cumplir sus propósitos viajeros y sus ambiciones, a pesar de la necesidad de
rectificar, luego, conductas ante los demás.
Faltaron pancartas donde se
leyese la necesidad de algunos alimentos, como “Brazos abiertos en rodajas”, antes que lo habitual en estos tiempos
“Prioridad nacional en su salsa”.
Faltó más solidaridad, antes
que la máquina del miedo, en los procesos de transición democrática y
afloramiento de los derechos, en el amparo de la triste desprotección social y
en la prevención de desastres, en la educación para la solidaridad y en la
persecución de los pecados ocultos.
Faltó más comprensión, por lo
que exige de todos, que desafíos. Vamos aplazando agendas, incluso la misma
ONU, porque somos incapaces de comprender y comprometernos.
Me faltó un monumento a la
hucha global, porque con un dólar mensual por familia no habría pobreza en el
mundo en diez años, siempre que el dinero se pudiese emplear, también, para
erradicar a quienes la provocan.
Faltó un escaparate mundial de la pobreza, para que pudiésemos aprender a oler, saborear, ver, escuchar y palparla. Y que luego, nuestros sentidos se sensibilizasen y no se sintiesen distantes ni interfiriese una pantalla de televisión o la frialdad de una columna periodística.
Me faltó una reconciliación,
con un estrechón de manos entre países hermanos, en medio de las ruinas de un
pueblo asediado por una catástrofe natural y no aplaudiendo un gol en el
mundial.
Me faltó un evento mundial
sobre los olvidados, para que fuese importante reconocerlos y recitarlos, con
la misma soltura que lo hacemos al acordarnos de las dinastías, jefes de
partidos políticos o personajes históricos, alguno de los cuales ni siquiera debieran constar en los
anales sino para cuestionarlos y tampoco olvidarlos.
Necesitamos escuelas que
dediquen un día a la semana a analizar las crisis y no las acusaciones, porque
estamos formando líderes que pronto estarán motivados por un “saber estar” y no por la necesidad
imperiosa de “saber ser”, lleguen a
donde lleguen y sean lo que sean a nivel profesional.
Faltó proclamar como premiados,
en los Premios Princesa de Asturias, a líderes anónimos en la resistencia de
los pueblos en continuo conflicto.
Me faltó un evento mundial
sobre los olvidados, para que se sientan orgullosos de nunca olvidarnos, pues
las mayores gestas son los reconocimientos de hermandad mutua.
Faltó una Homilía sobre los
daños provocados por la iglesia, para que esperase el perdón de los fieles y no
encuentros fortuitos y programados, con silencios que sonaron, en otros momentos, a renuncias
cobardes.
Faltó una clase magistral de
cómo llegar a los corazones de los demás, sin doble máscara y no cómo programar
un giro, bordeando la luna, para seguir siendo los mismos y premiarnos por no
haber aprendido nada.
Me faltó un cuestionario para aprender lo que encierra de verdad cada huso horario, pues nos quedamos en las horas de diferencia y no en los vacíos que nos separan.
Me gustaría que se abriese un
postgrado para medir el aprendizaje de lo aprendido, pues los contenidos se
aprovechan como continente para salvaguardar, en la gran mayoría de los casos,
el articulado contractual que te permite seguir viviendo bien.
Me faltó un diseño de un mundo
para jóvenes, que cantaran a la miseria y menos a los altares, que programasen
viajes de fin de curso a las tierras de mayor calamidad y que se acompañaran de
sacerdotes y profesores que precisan
corregir desde la verdad de lo vivido.
Me faltó un onceavo mandamiento
que nos mida por dentro, al igual que medimos las cifras del paro o el riesgo
país por las empresas de rating.
Me faltó saber que sigue
teniendo sentido luchar.
Tu amigo, que nunca te falla
Juan