Si por descostumbre entendemos el olvido de una costumbre, es fácil concluir que las maneras heredadas han quedado obsoletas o en el cajón del olvido.
Saludar era una costumbre que alegraba a quienquiera y educaba por doquier, daba fe de un mundo cargado de respeto y su uso normalizado abría las puertas a la conciliación, el encuentro y la convivencia.
Vivir para los demás era una costumbre que nos mantenía vigilantes de las necesidades del otro y nos motivaba a solucionárselas con actitudes positivas y samaritanas, basadas en el apoyo constante y la solidaridad del día a día.
Aceptar sin discriminar era una costumbre que te permitía crecer como comunidad, por aprender a barnizar nuestros actos con otras miradas y a rellenar los vacíos con otras miradas anónimas, porque aprendíamos a vivir "con" y no "por" y entendíamos mejor el mundo, a través de las experiencias de nuestros paisanos y vecinos.
Escribir a mano era otra costumbre que justificaba incursionar en los secretos del "dictado", empleando el tiempo libre en aprender vocabulario, sensibilizar el alma, construir realidades y describir los sentimientos más nobles.
Hablar y contar era una costumbre que mantenía viva tu memoria, perfeccionabas el arte de escuchar sin creer en la pérdida del tiempo y multiplicabas las horas aprendiendo la asignatura de "retroalimentarte del pasado más valioso de los tuyos".
Confiar en las instituciones siempre fue una muy buena costumbre, porque era una costumbre sana velar por los intereses de los ciudadanos, manteniendo un equilibrio social que aportaba positivamente en la calidad de vida en relación a nuestra salud.
Dedicar tiempo libre era una costumbre, sin derecho a reclamo, procurando que la presencia fuese motivo de orgullo a la hora de crecer y, también, de aprender.
Rezar en silencio era otra costumbre que relajaba tu desasosiego y te reconciliaba contigo mismo, llevando las palabras de apoyo viajero a todos los rincones del mundo.
Leer era una costumbre para afianzar tu cultura personal, matizándola con el paso del tiempo e interpelada por tantos otros que te avisaban si te habías saltado alguna página.
Caminar era una costumbre cuando no había necesidad de tomar tanas soluciones farmacológicas y se inspiraba con otra fuerza, se sudaba con más sentido y se necesitaba menos gimnasio teledirigido.
Reflexionar era una costumbre cuando no se discutía sobre bulos malintencionados, cuando el interés por aportar superaba al afán por destruir y cuando los estilos de vida no se construían sobre apariencias de cartón.
Susurrar era una costumbre que hoy la sustituyó el grito o la amenaza, porque la velocidad de los acontecimientos, los intereses creados o los miedos malavenidos la retiraron de los escaparates de las plazas y las calles.
Prevenir era una costumbre que habíamos escuchado de nuestros progenitores y aprendíamos en clases con menos tecnicismos y más ejemplarizantes.
Qué bonito sería recuperar las costumbres de antaño y no aplaudir tanta descostumbre que nos está enseñando a desacostumbrarnos.
Tu amigo, que nunca te falla
Juan