sábado, 27 de junio de 2026

A mitad de año y me faltaron tantas cosas

 

Estamos a punto de terminar el primer semestre del 2026 y me faltó más solidaridad con quienes más lo necesitan, como las víctimas del desplazamiento, las poblaciones en inseguridad alimentaria o las mujeres y niños en  emergencias humanitarias.

Este mundo está harto del emotivismo con los discursos prefabricados, los que siempre buscan el bienestar de la letra pequeña, cargado de intereses creados y destinados a condicionar la vida de toda una esperanza.

Hubiese esperado una misa, empolvada entre las ruinas de Gaza, para inaugurar un compromiso con la paz, antes que una celebración con cánticos y fuegos artificiales en medio de una basílica, porque Gaudí también lo hubiese querido así, ya que el Modernismo es estar presente ante los demás antes que los demás te lo pidan.

Sigo esperando que las agencias de viajes programen viajes por la pobreza, con el propósito de entender mejor el dolor de las ausencias y que los fondos recaudados apoyasen la verdad de una búsqueda de la igualdad de oportunidades de todos los seres humanos.

Quisiera haber leído un blog del hambre, para entender el valor de una migaja, el sentido de un servicio público de salud o el compromiso verdadero de una mano extendida, sin la presencia de fotógrafos ni las falsas representaciones de organismos internacionales.

Hubiese sido ideal haber hablado más de las cosas “de carne y hueso  que de una inteligencia artificial, porque son las únicas que sufren por la soledad y  el castigo.

Me faltaron hechos y me sobraron palabras, por eso se destruyeron acuerdos y se dinamitaron miradas.

Me faltó una renuncia al egocentrismo en favor del sentido común. Y menos grados centígrados de un oportunismo voraz, que se inmiscuye en un mundo despistado para confundir sobre los valores y las gestas anónimas que nacen desde el corazón.

Me faltó más apoyo que protección de intereses en los medios de comunicación.

Fue necesario un mayor grado de hermandad “anónima”, una especie en extinción, que selfies ante grandes monumentos, los que si tuviesen alma estarían criticando nuestra pose para que quede huella del empeño en invertir un dinero para colocarse allí y en aquel preciso instante. Me sobró el presumir de un mundo de puertas abiertas en su vida para cumplir sus propósitos viajeros y sus ambiciones, a pesar de la necesidad de rectificar, luego, conductas ante los demás.

Faltaron pancartas donde se leyese la necesidad de algunos alimentos, como “Brazos abiertos en rodajas”, antes que lo habitual en estos tiempos “Prioridad nacional en su salsa”.

Faltó más solidaridad, antes que la máquina del miedo, en los procesos de transición democrática y afloramiento de los derechos, en el amparo de la triste desprotección social y en la prevención de desastres, en la educación para la solidaridad y en la persecución de los pecados ocultos.

Faltó más comprensión, por lo que exige de todos, que desafíos. Vamos aplazando agendas, incluso la misma ONU, porque somos incapaces de comprender y comprometernos.

Me faltó un monumento a la hucha global, porque con un dólar mensual por familia no habría pobreza en el mundo en diez años, siempre que el dinero se pudiese emplear, también, para erradicar a quienes la provocan.

Faltó un escaparate mundial de la pobreza, para que pudiésemos aprender a oler, saborear, ver, escuchar y palparla. Y que luego, nuestros sentidos se sensibilizasen y no se sintiesen distantes ni interfiriese una pantalla de televisión o la frialdad de una columna periodística.

Me faltó una reconciliación, con un estrechón de manos entre países hermanos, en medio de las ruinas de un pueblo asediado por una catástrofe natural y no aplaudiendo un gol en el mundial.

Me faltó un evento mundial sobre los olvidados, para que fuese importante reconocerlos y recitarlos, con la misma soltura que lo hacemos al acordarnos de las dinastías, jefes de partidos políticos o personajes históricos, alguno de los  cuales ni siquiera debieran constar en los anales sino para cuestionarlos y tampoco olvidarlos.

Necesitamos escuelas que dediquen un día a la semana a analizar las crisis y no las acusaciones, porque estamos formando líderes que pronto estarán motivados por un “saber estar” y no por la necesidad imperiosa de “saber ser”, lleguen a donde lleguen y sean lo que sean a nivel profesional. 

Faltó proclamar como premiados, en los Premios Princesa de Asturias, a líderes anónimos en la resistencia de los pueblos en continuo conflicto.

Me faltó un evento mundial sobre los olvidados, para que se sientan orgullosos de nunca olvidarnos, pues las mayores gestas son los reconocimientos de hermandad mutua.

Faltó una Homilía sobre los daños provocados por la iglesia, para que esperase el perdón de los fieles y no encuentros fortuitos y programados, con silencios que  sonaron, en otros momentos, a renuncias cobardes.

Faltó una clase magistral de cómo llegar a los corazones de los demás, sin doble máscara y no cómo programar un giro, bordeando la luna, para seguir siendo los mismos y premiarnos por no haber aprendido nada.

Me faltó un cuestionario para aprender lo que encierra de verdad cada huso horario, pues nos quedamos en las horas de diferencia y no en los vacíos que nos separan.

Me gustaría que se abriese un postgrado para medir el aprendizaje de lo aprendido, pues los contenidos se aprovechan como continente para salvaguardar, en la gran mayoría de los casos, el articulado contractual que te permite seguir viviendo bien.

Me faltó un diseño de un mundo para jóvenes, que cantaran a la miseria y menos a los altares, que programasen viajes de fin de curso a las tierras de mayor calamidad y que se acompañaran de sacerdotes  y profesores que precisan corregir desde la verdad de lo vivido.

Me faltó un onceavo mandamiento que nos mida por dentro, al igual que medimos las cifras del paro o el riesgo país por las empresas de rating.

Me faltó saber que sigue teniendo sentido luchar.

 

Tu amigo, que nunca te falla

 

 

 

 

Juan

sábado, 21 de febrero de 2026

¿Por qué resulta rentable desviar la atención?

 

Cuando algo nos preocupa inventamos una temática y la ponemos en el centro de la discusión, con ello se desvía la atención y no nos involucramos en algún problema que pueda salpicarnos. Todos empezarán a hablar del tema que se introdujo y se le intentarán extraer todos los pormenores, actualizando la desdicha social a la hora de estudiarlo y buscando culpables sustitutos que, sin saberlo, seguirán en un intenso anonimato que no les permitirá participar en solución alguna.

A algún dirigente le incomoda una noticia y busca alguna estrategia que pueda resultar incómoda. Al tratarla, como una temática de Política Pública, se mantiene distante del foco de atención y nadie encuentra argumentos para cuestionar su liderazgo.

A muchos padres les resulta incómodo hablar de "sexualidad" con los hijos y, ante la pregunta de alguno de sus vástagos, desvía la atención con algún detalle que quiere convertir en norma, con lo que se cierra el grifo del despertar sexual  y  los hijos empiezan a encontrar respuestas en la calle. 

No sabemos qué hacer cuando un abuelo, con trastornos de la memoria, nos repite la misma pregunta y le hablamos de temas que no le permiten participar, con lo que le aportamos incertidumbre y ese miedo les obliga a mantener silencio, mientras recuerden la experiencia recién vivida. 

Nos cansamos de ver la misma actitud, en nuestras mascotas, porque nunca acertamos con la interpretación de sus gestos, por lo que llamamos su atención tirándoles la pelota y así se entretienen, perpetuando su malestar o requerimiento, desviando la atención y dejándoles un vacío de contenido en la respuesta, que pudo haber iniciado una relación con otra estrategia comunicativa.

Escuchamos la voz de nuestra conciencia, como una llamada de atención y nos tomamos un vaso de agua o salimos a despejar la mente, por lo que cuando necesitamos una respuesta firme a situaciones que se repiten estamos dispuestos a improvisar y los errores se multiplican.

Afrontamos la pregunta de un alumno, sin conocer la respuesta, pero solicitamos desgranar el interés que tuvo al formularla, con lo que se perdió la oportunidad de educar por dudas, solventado eslabones que pudieron ayudar a construir estrategias de superación personal.

Hemos aprendido a desviar la atención, porque quizás resulte rentable aparentar que no somos tan inteligentes ni propositivos como nos presentamos a diario.

Tu amigo, que nunca te falla, te desea afrontar la pregunta con verdad, aprender a subir los escalones de las respuestas y no desviar la atención para agotar un juego dialéctico oportuno, evitando así que se transforme todo en un discurso verborreico y sinsentido, ajeno al interés despertado en ese mismo momento.




Juan


sábado, 31 de enero de 2026

Las descostumbres

 

Si por descostumbre entendemos el olvido de una costumbre, es fácil concluir que las maneras heredadas han quedado obsoletas o en el cajón del olvido.

Saludar era una costumbre que alegraba a quienquiera y educaba por doquier, daba fe de un mundo cargado de respeto y su uso normalizado abría las puertas a la conciliación, el encuentro y la convivencia. 

Vivir para los demás era una costumbre que nos mantenía vigilantes de las necesidades  del otro y nos motivaba a solucionárselas con actitudes positivas y samaritanas, basadas en el apoyo constante y la solidaridad del día a día.

Aceptar sin discriminar era una costumbre que te permitía crecer como comunidad, por aprender a barnizar nuestros actos con otras miradas y a rellenar los vacíos con otras miradas anónimas, porque aprendíamos a vivir "con" y no "por" y entendíamos mejor el mundo, a través de las experiencias de nuestros paisanos y vecinos. 

Escribir a mano era otra costumbre que justificaba incursionar en los secretos del "dictado", empleando el tiempo libre en aprender vocabulario, sensibilizar el alma, construir realidades y describir los sentimientos más nobles. 

Hablar y contar era una costumbre que mantenía viva tu memoria, perfeccionabas el arte de escuchar sin  creer en la pérdida del tiempo y multiplicabas las horas aprendiendo la asignatura de "retroalimentarte del pasado más valioso de los tuyos".

Confiar en las instituciones siempre fue una muy buena costumbre, porque era una costumbre sana velar por los intereses de los ciudadanos, manteniendo un equilibrio social que aportaba positivamente en la calidad de vida en relación a nuestra salud.  

Dedicar tiempo libre era una costumbre, sin derecho a reclamo, procurando que la presencia fuese motivo de orgullo a la hora de crecer y, también, de aprender. 

Rezar en silencio era otra costumbre que relajaba tu desasosiego y te reconciliaba contigo mismo, llevando las palabras de apoyo viajero a todos los rincones del mundo.

Leer era una costumbre para afianzar tu cultura personal, matizándola con el paso del tiempo e interpelada por tantos otros que te avisaban si te habías saltado alguna página.

Caminar era una costumbre cuando no había necesidad de tomar tanas soluciones farmacológicas y se  inspiraba con otra fuerza, se sudaba con más sentido y se necesitaba menos gimnasio teledirigido.

Reflexionar era una costumbre cuando no se discutía sobre bulos malintencionados, cuando el interés por aportar superaba al afán por destruir y cuando los estilos de vida no se construían sobre apariencias de cartón.

Susurrar era una costumbre que hoy la sustituyó el grito o la amenaza, porque la velocidad de los acontecimientos, los intereses creados o los miedos malavenidos la retiraron de los escaparates de las plazas y las calles.

Prevenir era una costumbre que habíamos escuchado de nuestros progenitores y  aprendíamos en clases con menos tecnicismos y más ejemplarizantes.

Qué bonito sería recuperar las costumbres de antaño y no aplaudir tanta descostumbre que nos está enseñando a desacostumbrarnos.


Tu amigo, que nunca te falla



Juan 



martes, 6 de enero de 2026

El regalo de Reyes

 


                                            

                                                


                                                    Mi regalo de Reyes

                                                                                        Juan Aranda Gámiz


                                                No podría regalar más leyes

                                                    que las escritas en el corazón,

                                                    y, con el permiso de los  Reyes,

                                                    que la magia sea la oración.


                                                    Quisiera mirar una centella

                                                    detrás de una paloma con alas,

                                                    iluminando tantas sombras y, una estrella,

                                                    sin camellos y sin balas.


                                                     Se siguen sacando de los bolsillos tantos votos

                                                    y se desperdicia tanta saliva, sin remuerdo,

                                                    en  un mundo con muchos más abrazos rotos

                                                    y con incienso que huele a desacuerdo.


                                                     No se escucha llorar al coro

                                                    cuando el villancico calla, si no renuevo

                                                    el alma, sin la mirra ni el oro

                                                    y sólo llego, al pesebre, deseando un mundonuevo. 

                                        


            

lunes, 29 de diciembre de 2025

Espinos y espinas

 

Espinos y espinas

 

Acabamos la travesía de otro año que, para muchos, ha supuesto vivir cerca de plantas espinosas, no pudiendo acariciarlas, consolarlas ni abrazarlas por miedo a las espinas, que no son otra cosa que un mecanismo de defensa para que las circunstancias no sigan insistiendo en abrirles heridas.

Las espinas de quienes están hartos de vivir sin paz, de aquellos que tienen que tolerar imprevistos en su salud y de quienes sienten el abandono de un mundo que dice ser más solidario que nunca.

Y no podemos acostumbrarnos a cortar espinas porque vuelven a brotar para evitar quedar indefensos y vulnerables frente a un mundo que presenta intimidación, una aparente y desproporcionada campaña de selección natural y una insolidaridad que preocupa.

O, tal vez, es que nos estamos convirtiendo en espinos, con una apariencia de fragantes flores, aparentando prosperidad y un pacifismo relativo, pero que proponemos malas acciones enfocadas a alterar la convivencia y a imposibilitar que sea real un principio de igualdad de oportunidades para todos, sin distinción alguna.

Y  si enfrentamos los espinos, a las espinas, nos acostumbramos al olvido de los abrazos y las caricias, nos olvidamos del tiempo que debemos dedicar a los demás y nos desentendemos de los piropos que quedan atrapados y rotos.

Aún no hemos aprendido, a pesar del paso de los años, a proponer la presencia personal y el tiempo que deberíamos escuchar al otro, como la mejor estrategia para que no se necesite formar espinas para defenderse y, si los demás se abren a relaciones más humanas y cercanas, nosotros deberíamos transformarnos en plantas suculentas o crasas. Esas que no necesitan espinas y, entonces, recuperaríamos las miradas cercanas, los abrazos compartidos, los roces de los que se aprende a ser mejor cada día y la luz procuraría sombras sin el relieve de las espinas, que tanto dolor provocan.

Bienvenidos a un nuevo año  sin espinas ni espinos. Feliz 2026

 

Dr. Juan Aranda Gámiz

viernes, 3 de octubre de 2025

La vida es un saco de cuernos

 

Lees un rotativo y te impresiona algún calificativo con el que se pretende justificar una posición ideológica o criticar una compostura social, porque hiere cuando se clava y desgarra cualquier alfabeto sensato de opinión. 

Escribes sobre tu realidad más cercana y te apena que algún vecino no reaccione, con la prudencia acostumbrada, a hechos que conmueven el último hilo de sutura de tus propias convicciones.

Miras las expresiones, cuando sacas a pasear una temática que quieres introducir en una tertulia, y rebota tu bilis en el diafragma al notar que a algunos no se le marcan las arrugas de la frente si las diferencias atacan a los más desfavorecidos.

Pretendes darte media vuelta si es necesario llorar por la mascota que no se separa del cuerpo, sin vida, del niño que le dió compañía y las miradas distópicas no alcanzan a ver dibujado un corazón en las actitudes que humanizan al animal que corretea, gime y calla.

Escondes el odio para que nadie aprenda a gritar antes que a valorar lo mejor de los demás, en espera de que algún día germine en su interior la semilla que dejaste sembrada con tu actitud silenciosa, comprensiva y desnuda, por la indiferencia planteada o el odio marginal vomitado.

Y es que cuando buscas el centro energético en tu cuerpo, en un ejercicio de Pilates, aprovechando una pelota que te de concentración  y fluidez, al mismo tiempo, buscando el control de una respiración y la armonía con un  entorno, es porque deseas conocerte mejor.

Y de pie, sentado o tendido, sientes cómo te van pinchando los cuernos del saco en el que apoyas tu cuerpo.

Cada día ocurre algo que te llama la atención, clavándose en tu cuerpo y despertando tu rabia frente al mundo y cada estímulo es un motivo para generarte un estrés para el que no estabas preparado ni incluso lo deseabas para ti en ese momento.

¿Y qué es eso?

Ni más ni menos es la vida, que es un saco de cuernos.  


Tu amigo, que nunca te falla



Juan 

sábado, 26 de julio de 2025

La campana ... ¿está sonando o no suena?

 Sonaba una campana para acallar el murmullo, antes de un discurso, para que arrancase un combate, para mantener el silencio en el momento del ofrecimiento del pan y el vino, para solicitar un servicio o para anunciar la buena costumbre de quien ofreció un bote a quienes despachan en la barra del bar.

 Sonaba la campana del monaguillo, cuando acompañaba al sacerdote en la peregrinación, a la hora del recreo en las aulas de algún colegio, al abrir una subasta o  al inicio de alguna prueba para aspirantes a un puesto de trabajo.

 Sonaba la campana en los funerales, o en la ceremonia del intercambio de anillos en las bodas. 

 Sonaba la campaña para marcar el inicio de la jornada laboral, en el campo, para indicar la hora del descanso o para remarcar el final de una jornada.

 Sonaba la campana en los aniversarios o eventos, para dar comienzo a un partido o para señalar que podía comenzar un discurso, con tiempos asignados en los debates o para presentar la llegada a la meta.

 Sonaba en los  incendios de difícil control, en la convocatoria a sesiones extraordinarias, ante los aciertos o fracasos en los diferentes retos.

 Sonaba ante la negativa, aceptada, de seguir desarrollando una preparación física y abandonar por cansancio, hastío o incapacidad de superarse a sí mismo. 

 Sonaba en los hospitales, si se superaba una enfermedad crítica o si se lograba superar un cáncer, al momento del alta  y ante una calle de profesionales de la salud que no querían perderse ese eco que sonaba a agradecimiento por cada esfuerzo descargado con ilusión y empeño. 

 Sonaba para señalar la hora de silencio acostumbrado, para ahuyentar animales peligrosos, para anunciar la entrada de un extraño, o invitado, a una casa o para invitar a que lasa miradas se dirijan al animal que lleva un cascabel a su cuello y desea presumir de amistad libre o dependencia aceptada.

 Sonaba para llamar a quien no fuese visible en los desastres naturales  y estuviese bajo los escombros, para señalar el tiempo que se dispuso para preparar una comida o el empeño del despertador por levantarte a toda prisa.

 Sonaba para informar sobre los galardones a entregar o para abrir una bolsa con expectativa de depredadores. 

 Pero no hay una campana que suene por cada vida que sucumbe en la guerra ni por cada estómago hambriento, por cada alimento que se desecha ni por las miradas que desvían su atención, por una firma de guerra, para que todos nos enteremos ni por una falsa noticia que confunde y marca.


Tu amigo, que nunca te falla



Juan