Este blog es la cristalización de una inquietud animada por el deseo de compartir, a partir de una propuesta de cambio personal constante e impulsado por la carga de humildad y entusiasmo que debe rodear a todo ser humano comprometido con una visión pro-activa, en favor de provocar un relleno sanitario de las necesidades no satisfechas en los grupos más vulnerables.
viernes, 26 de agosto de 2016
sábado, 30 de julio de 2016
IMÁGENES, PALABRAS Y GESTOS
IMÁGENES, PALABRAS Y GESTOS
Por: Juan Aranda Gámiz
Una imagen es lo que ves en los demás y se te queda impregnado en el cuerpo, es una vivencia que te llena hasta el fondo, una experiencia que te supo a gloria y pretendes ponerla en el álbum de tu vida y contemplarla hasta que puedas repetirla con quien tengas a tu lado.
Una palabra es la voz de alerta que te descubre y te alienta, te aconseja en tus indecisiones y te despierta en tus apagones de conducta.
Un gesto es la sensibilidad presente, el cuerpo que deja caer una sonrisa que puede interpretarse o la mano que crees que se extiende para pedirte limosna y te está dando -como regalo- la posibilidad de que le ayudes y reconozcas su tiempo perdido, mientras te mira.
Una imagen te motiva a seguir en pie y a caminar pensando, a entristecerte si no hay reparo o a entusiasmarte con el recorrido que la vida le permitió a algún acto humano, te puede sorprender si aprendes y te abruma si no lo esperabas.
Una palabra tiene tantas caras como intenciones y tantas lineas como caminos para oírla, tantas recetas para prepararla como abonos para cultivarla.
Un gesto nace del alma y se pega a nuestro cuerpo disfrazado de impulso, viene de esa hondura que desconocemos y se acerca a la superficie de nuestros actos para hacerse visible y respirar aire puro, para mirar tu cara y conocer tus expresiones.
Una imagen se desdibuja si no crees en ella y resplandece si crees que tú la podías haber dibujado. Está ahí para encuadrar el momento y hacerlo irrepetible o para olvidarlo, después de mejorar el aporte de quien precisó haber estado a la altura de las circunstancias.
Una palabra duele más que un golpe y acaricia más que un gesto de cariño, impone más que el dolor ajeno y sensibiliza mucho más que un consejo.
Un gesto, sin embargo, nos ayuda a aprender sin estudiar nada de memoria, enseña el camino y el sendero, abre un espacio para la reflexión que construye y alberga.
Una imagen no atiende a prejuicios ni teme a los comentarios, no se esconde de nada ni de nadie, pues sólo está ahí para quien quiera mirar y cuando desee tocarla, porque en su perfume está escrita la esencia de la conducta humana.
Una palabra nunca está vacía porque la cubre la lluvia y la refresca el viento que arrastra tus voces interiores.
Un gesto nunca se presenta en sociedad ni cumple la mayoría de edad, porque camina seguro de la madurez de sus movimientos y su capacidad de embarazarse de ejemplos que van a ser copiados y transferidos.
Una imagen nunca se mira al espejo, porque aunque se vaya quien se mira siempre permanecerá el mensaje.
Una palabra nunca come porque se alimenta de la experiencia que ha vomitado la vida.
Un gesto siempre camina en compañía de la verdad, porque no hay espacio para la imitación en una actitud sin mancha.
Una imagen es un caminante que va silbando por la carretera de las etapas de la vida y sabe cómo está creciendo la esperanza, porque espera encontrar la sabiduría de seguir siendo él mismo.
Una palabra es un asiento vacío al que le encuentra espacio un ser necesitado de descanso y en el alivio se va transmitiendo el tono implícito de los gestos que se esperan desencadenar y abrir.
Un gesto nos descubre como seres sociales y peregrinos, samaritanos de las incongruencias y visionarios de las indiferencias, astutos ante los caprichos de las ambiciones y profundamente serenos ante los olvidos innecesarios y opacos.
Tu amigo que nunca te falla
JUAN
Por: Juan Aranda Gámiz
Una imagen es lo que ves en los demás y se te queda impregnado en el cuerpo, es una vivencia que te llena hasta el fondo, una experiencia que te supo a gloria y pretendes ponerla en el álbum de tu vida y contemplarla hasta que puedas repetirla con quien tengas a tu lado.
Una palabra es la voz de alerta que te descubre y te alienta, te aconseja en tus indecisiones y te despierta en tus apagones de conducta.
Un gesto es la sensibilidad presente, el cuerpo que deja caer una sonrisa que puede interpretarse o la mano que crees que se extiende para pedirte limosna y te está dando -como regalo- la posibilidad de que le ayudes y reconozcas su tiempo perdido, mientras te mira.
Una imagen te motiva a seguir en pie y a caminar pensando, a entristecerte si no hay reparo o a entusiasmarte con el recorrido que la vida le permitió a algún acto humano, te puede sorprender si aprendes y te abruma si no lo esperabas.
Una palabra tiene tantas caras como intenciones y tantas lineas como caminos para oírla, tantas recetas para prepararla como abonos para cultivarla.
Un gesto nace del alma y se pega a nuestro cuerpo disfrazado de impulso, viene de esa hondura que desconocemos y se acerca a la superficie de nuestros actos para hacerse visible y respirar aire puro, para mirar tu cara y conocer tus expresiones.
Una imagen se desdibuja si no crees en ella y resplandece si crees que tú la podías haber dibujado. Está ahí para encuadrar el momento y hacerlo irrepetible o para olvidarlo, después de mejorar el aporte de quien precisó haber estado a la altura de las circunstancias.
Una palabra duele más que un golpe y acaricia más que un gesto de cariño, impone más que el dolor ajeno y sensibiliza mucho más que un consejo.
Un gesto, sin embargo, nos ayuda a aprender sin estudiar nada de memoria, enseña el camino y el sendero, abre un espacio para la reflexión que construye y alberga.
Una imagen no atiende a prejuicios ni teme a los comentarios, no se esconde de nada ni de nadie, pues sólo está ahí para quien quiera mirar y cuando desee tocarla, porque en su perfume está escrita la esencia de la conducta humana.
Una palabra nunca está vacía porque la cubre la lluvia y la refresca el viento que arrastra tus voces interiores.
Un gesto nunca se presenta en sociedad ni cumple la mayoría de edad, porque camina seguro de la madurez de sus movimientos y su capacidad de embarazarse de ejemplos que van a ser copiados y transferidos.
Una imagen nunca se mira al espejo, porque aunque se vaya quien se mira siempre permanecerá el mensaje.
Una palabra nunca come porque se alimenta de la experiencia que ha vomitado la vida.
Un gesto siempre camina en compañía de la verdad, porque no hay espacio para la imitación en una actitud sin mancha.
Una imagen es un caminante que va silbando por la carretera de las etapas de la vida y sabe cómo está creciendo la esperanza, porque espera encontrar la sabiduría de seguir siendo él mismo.
Una palabra es un asiento vacío al que le encuentra espacio un ser necesitado de descanso y en el alivio se va transmitiendo el tono implícito de los gestos que se esperan desencadenar y abrir.
Un gesto nos descubre como seres sociales y peregrinos, samaritanos de las incongruencias y visionarios de las indiferencias, astutos ante los caprichos de las ambiciones y profundamente serenos ante los olvidos innecesarios y opacos.
Tu amigo que nunca te falla
JUAN
YA ES HORA
YA ES HORA
Por Juan Aranda Gámiz
Ya es hora de que te sientes en una montaña a mirar al infinito, para que simplemente te des cuenta de lo que te falta por aprender de la nada, ese espacio de silencio que encierra miles de misterios.
Ya es hora de que calles un momento y aprendas a escuchar, pues de los lamentos y las quejas, las críticas y los misterios más desconocidos se aprende en silencio.
Ya es hora de caminar sin rumbo, esperando que el camino te enseñe la dimensión que deben tener tus huellas para que se adapten a la anchura del camino.
Ya es hora de saborear un voz perdida, pues en el mensaje está el gusto exacto a sal y pimienta.
Ya es hora de saber quien eres, pensando en las horas muertas y los minutos cerrados, llorando por el descubrimiento o riendo por la suerte del olvido temprano.
Ya es hora de entender lo que pasa, sólo necesitas colocar la mano en alto y esperar a que el viento te traiga nuevas noticias.
Ya es hora de sentir la mala suerte, para que los rincones también sepan de un ser humano abatido, cuando se creía preponderante y sobresaliente.
Ya es hora de proclamar la miseria para que quien te pida un apoyo te encuentre un movimiento a favor de la verdad.
Ya es hora de viajar a donde no te conozcan y pases desapercibido, porque en el anonimato está la posibilidad innata de crecer.
Ya es hora de esconderte si encuentras manchas en tu recorrido, porque todos te van a descubrir en tus vacíos.
Ya es hora de luchar por quien no te va a pagar nada y sentir el ánimo verdadero de apoyar sin espacio para el agradecimiento formal.
Ya es hora de estudiar lo que les pasa a los demás cuando no comen como tú y sabes que seguirá desperdiciándose lo poco que alcanza para todos en tu casa.
Ya es hora de invitar a un paseo a tu capacidad de aprender y preguntarle qué le falta para que puedas informarte de los olores de la indiferencia.
Ya es hora de aplaudir a quien muere sin ser conocido porque nunca se conoció lo que hizo hasta el día de su muerte.
Ya es hora de alzar la bandera de la solidaridad verdadera, la que no se amilana ante las necesidades de los demás.
Ya es hora de respirar ambiguedades para exhalar verdades que se contagien.
Ya es hora de soñar en quien luchó por la libertad y no se cansó de mirar siempre al frente.
Ya es hora de escuchar los ruidos más traqueteados y menos atendidos, los que suenan a dolor y reclamos.
Ya es hora de saludar a quien quiere seguir tus pasos y enseñarle el tamaño de los obstáculos.
Ya es hora de sudar indiferencia para liberarnos de un castigo que no pertenece al cuerpo
Ya es hora de contar lo que transcurre y acontece, lo que se presenta y lo que no llega, lo que se grita y se calla, al mismo tiempo.
Ya es hora de enseñar a vivir, para que seamos capaces de vivir enseñando.
Gracias por estar ahí. Tu amigo, que nunca te falla
JUAN
martes, 7 de junio de 2016
¿Qué crees que es vivir?
¿QUÉ CREES QUE ES VIVIR?
Por: Juan Aranda
Gámiz
Creemos que vivir es intentar pasar el
día sin alborotos y terminar conciliando el sueño a la hora de costumbre, pero
eso no es más que pasar el día y calibrar tus necesidades con las ganas que
tengas disponibles para seguir empujando el carro de tu vida.
Creemos que vivir es saludar a todo el
mundo que pasa por tu lado y presentar el mejor lado de tu cara para que te
consideren útil y servicial, amigo y cercano.
Creemos que vivir es tener el mayor tiempo
disponible para relajarte y que el estrés no se cargue a tus espaldas y se
quede arrinconado en tus músculos, tus articulaciones o tu ánimo para
levantarte y salir a caminar.
Creemos que vivir es tener vacaciones
para disfrutar y poder mostrarte en público, sabiendo que otros no tienen tu
misma suerte y que la monotonía te ha dado ese plus de oportunidades para
estirar un sueldo que alcance para todo.
Creemos que vivir es terminar tus
estudios y echarte a descansar, como si en el título hubiese escondido un
ticket para sentirte liberado de presiones y que las puertas se puedan abrir
enseñándolo.
Creemos que vivir es dejar de pensar en
tonterías porque los sueños no aterrizan nunca y que es más prudente pensar en
el día a día, planificando hasta la hora de los besos más amargos.
Creemos que vivir es comer lo que se te
antoje y ver la televisión cuando lo desees, jugar hasta cansarte y escuchar la
música que mejor suene, olvidándose del mundo más cercano que nos rodea y
despreocupándote de las salpicaduras molestas de tus propias actitudes.
Creemos que vivir es sentir una paz
interior porque esté de moda integrarte en las corrientes de bailes y saltos a
los que todo el mundo lleva los auriculares y las botellas de agua, como parte
del atuendo.
Creemos que vivir es tener muchos amigos
que estén siempre ahí, porque tú también lo estás para ellos, sin que ninguno
te llame la atención sobre sus preferencias y apetencias.
Creemos que vivir es tener tantos hijos
como Dios nos conceda y decidir sobre la vida cuando se nos antoje, porque
tenemos la libertad de hacerlo, llorar para que te descubran un dolor ausente o
abrazar sin sentir la necesidad de hacerlo en silencio.
Creemos que vivir es alcanzar la mayoría
de edad para votar y depositar la suerte en un personaje anónimo que estampa su
foto en una papeleta y luego decide si los oportunismos están por encima de los
altruismos y si los impulsos decidirán sobre los ejemplos.
Creemos que vivir es manipular porque nos
creemos en el derecho, como seres superiores, y matamos e inculpamos, acotamos
y condicionamos, señalamos y ejecutamos, como si en el barro se hubiesen colado
granos de maldad pigmentados de odio.
Creemos que vivir es disimular, porque
nadie tiene por qué enterarse de nuestra realidad y así camuflamos lo que
decimos y hacemos, lo que pensamos y caminamos.
Creemos que vivir es disfrutar de una
belleza o elegancia, de una proximidad o talante, de una palabra o presencia,
de un carisma o cintura, porque podemos así insinuar o arrastrar, embaucar o
convencer.
Creemos que vivir es levantar los brazos
al cielo y agradecer por lo que se nos concede, rezar arrodillados porque nos
creemos más santos terrenales y asumir nuestro sufrimiento como un castigo del
más allá.
Creemos que vivir es disponer siempre de
dinero en el bolsillo para invitar y sombreros para divisar, manos alzadas para
que otros se enteren que estás ahí y mensajes que saben a añejos en su
ortografía más servil.
Creemos que vivir es malgastar tu tiempo
mirando cómo otros lo necesitan para vivir y hablar lo que se te ocurra
mientras que otros esperan un mensaje de esperanza delante de una valla que les
interrumpe su paso o una línea imaginaria en alta mar que les obliga a
regresar.
Creemos que vivir es hablar de lo que
nadie quiere escuchar y maltratar a quien nunca nos conoció, porque somos
nosotros quienes decidimos si deben o no estar ahi y ahora.
Creemos que vivir es irse de vacaciones
al lugar más extravagante y tomarte el mayor número posible de fotos, publicar
lo que no pudiste hacer pero recogiste en ese mismo instante y dar envidia,
como un deporte de las nuevas masas.
Creemos que vivir es conocer todo sobre
todo y tener un tono de verborrea que ensordezca y asombre, cuando lo
importante es escuchar que se está donde se necesita y se puede escuchar cuando
se nos llame.
Creemos que vivir es comer una dieta
saludable y programar para los demás, sentir que nuestra irritación es una
llamada de atención para otros y que debo protegerme contra cualquier
adversidad o irritante.
Creemos que vivir es mantenerse al margen
para que no nos mojemos y así podamos vivir más años sin una exposición masiva
a contrariedades y situaciones anómalas.
Creemos que vivir es correr como nos
dicte nuestro cerebro y maltratar como nos dicte nuestro corazón, sin una medida
que sature lo necesario y llene lo justo.
Creemos que vivir es educar tal y como
nos educaron, porque ningún tiempo presente es mejor que lo ya vivido.
Creemos que vivir es ajustarse a las
prisas y estar por encima de los demás, descubrir la esencia de la vida en una
película que nos impactó o poder vestir un traje que casi nadie puede comprar.
Creemos que vivir es exponerse y ser
aplaudido, arriesgarse para ser tomado como modelo y ganar algún concurso
porque fuiste capaz de presentar un estereotipo de persona que antes estaba
escondido para los demás.
Creemos que vivir es luchar por tus
intereses, procurando tener cada día más poder o posesiones, como si el área
del terreno o la gama de tus pertenencias pudiese dar otro sentido real y más
dinámico a tu existencia.
Vivir, para mí,
es ofertar tu existir, temporal o definitivamente, para enseñar el camino que
se ha de seguir y estar presente cuando se debe servir, mantener la palabra
viva cuando alguien la quiera escuchar y aprender a crecer para regalar crecimiento
interior.
Tu amigo, que nunca te falla
JUAN
jueves, 2 de junio de 2016
martes, 24 de mayo de 2016
lunes, 28 de marzo de 2016
LA VIDA ES COMO UNA VISITA AL SUPERMERCADO
La vida es un supermercado,
porque salimos cada mañana a hacer la compra y regresamos con productos de
oportunidad, con una reforma del menú
que diseñamos “a bote pronto” y habiendo gastado más de lo que teníamos
previsto.
Y todo porque necesitábamos airear nuestros complejos, saltando
nuestro olfato de puesto en puesto, como necesitamos relacionarnos para integrar algo fresco y sabroso, estando siempre dispuesto a meter en la cesta de nuestra predisposición todas las oportunidades que nos ofrecen los demás, siempre de carne y hueso.
Pensamos que vamos a
desarrollar lo que le prometimos al espejo y las circunstancias son las que
luego mandan, reordenando nuestras actitudes de acuerdo a las necesidades de
los demás y nos construimos en facetas tan diferentes que en nada se parecen a
las que esperábamos, gastando más energía de la que teníamos almacenada porque
no era nuestra intención ofertar apoyo sino pasear nuestros complejos
escondidos.
Compramos cebolla y nos ponemos
a llorar, conseguimos zanahorias porque son adecuadas para el déficit visual
que nos diagnosticó el médico, echamos en la cesta limones porque da gusto al
pescado y no faltan los tomates y la lechuga porque tiene la fibra necesaria
para aliviar nuestro estreñimiento, descubrimos la manzana para rellenar los
ratos libres y nunca faltará un mango para acelerar los latidos de nuestro
corazón.
Con la falta que nos hace cada alimento para endulzar y picar nuestras actitudes, para sazonar y salar nuestros misterios, aromatizar nuestras verdades con hierbas aromáticas y mezclar nuestras ambiciones con el toque más selecto.
Saludamos por la calle para que
los demás se percaten que salimos a la misma calle, nos perfumamos para que
nadie olvide nuestra estela y puedan iniciar una conversación hablando de
nosotros, visitamos lugares públicos porque es donde vamos a encontrar mayores
oportunidades de relación y compramos el periódico para dar una impresión de
ser humano culto, escondiéndolo bajo la axila para que las noticias sigan
siendo calientes y nos abanicamos con las notas deportivas si el calor nos
abruma.
Cuando destapamos la cesta
encontramos mucho de lo que no importa tanto y poco de lo que sustenta un
primer plato, como cuando reflexionamos en la noche y descubrimos que dimos
muchos pasos pero pocos de los que dejaron huella en la vida de los demás.
Ahí vemos que hay pollo de color blanco, porque no es el que buscábamos, carne que no se deja pellizcar, grano que ya acumula gases en la cesta, leche que sube el colesterol y pescado blanco que no pareciese tener buena salud.
Y por eso, al cocinar siempre nos faltaron
ingredientes que debemos salir a comprar, porque si no el gusto de la sopa sería rancio y soso, al postre le faltaría algo de consistencia y el segundo disfruta de unas papas que no tienen sabor a verdad.
Por ello nos resignamos y salimos apresurados con las cosas más claras y el plato mejor definido, precisando la cantidad necesaria y con necesidad de observar lo que adquirimos porque no queremos perder más tiempo en la mañana.
Asimismo, en la vida del día a día necesitamos salir a perdonar
porque el olvido mata las relaciones y robamos a la calle las miradas que
dejamos lanzando al vacío, para que no siga flotando nuestro carácter amargo y
distante y alguien pueda comprarlo, metiéndole gato por liebre.
Cuando terminamos de comer
seguimos con hambre y la indigestión nos recuerda que no tuvimos cuidado en la
selección de los alimentos. De igual manera, los encuentros desaprovechados y
los roces interesados se nos pueden indigestar y dejarnos un mal recuerdo.
Aprendemos tan poco de la calle por creer que nosotros somos los protagonistas, como esos alimentos que lucen bien sólo en una posición y en un estante del supermercado, pues al cambiarlos de altura y posición pierden el encanto.
Tu amigo Juan, que nunca te
falla, quiere recomendarte que hagas una buena lista para el supermercado y
salgas a la calle sabiendo lo que puedes y debes hacer, sólo así tendrá éxito
el menú.
Un abrazo.
Juan
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