viernes, 3 de enero de 2014

¿TE HAS PREGUNTADO CUÁNTO VALE UNA VIDA?

Nos atrevemos a exclamar !con lo que vale una vida! cuando ocurre algún suicidio o presenciamos algún accidente y, a veces, somos intrépidos cuando manifestamos !ese no vale nada! pues aún en la apariencia no podemos cuantificar el valor de una vida.

A veces he querido analizar si hay diferencias entre un ser humano libre y otro encarcelado, entre quien mendiga en las calles y el señor de cuello blanco que se almidona en la oficina, entre un niño harapiento y al que visten de marinero para la Primera Comunión, entre la abuela que se consume en una Residencia y la que disfruta a diario de la presencia y el calor aparente de los suyos.

La verdad es que nosotros establecemos los criterios que queremos medir, a nuestra conveniencia, determinando que la apariencia, el ambiente en el que desarrolle su vida y la calidad de vida que tenga son los únicos parámetros y ahí si pueden establecerse diferencias, porque un mendigo o una prostituta, una abuela abandonada o un enfermo terminal pueden tener una apariencia que se diferencie del patrón que conocemos, los ambientes donde desarrollan sus vidas son también distintos y la calidad de vida es muy diferente a lo que creemos que es lo normal.

Pero hay que llegar a nadar más profundo y establecer buenos criterios, racionales y humanitarios, como el valor de sus aportes a la vida, la responsabilidad del deber cumplido, la capacidad de entrega y los niveles de solidaridad en un mundo plural, más que global.

En este sentido, si un vagabundo fue capaz de aportar en su vida todo lo que pudo y las circunstancias laborales lo llevaron a la calle, si una mujer fue manipulada siendo madre y fue capaz de criar y engrandecer a los suyos antes de vivir trabajando en la calle y con su cuerpo, o si la responsabilidad de un niño harapiento de estudiar al terminar su trabajo y ayudar en las tareas de su casa, la capacidad de entrega de un enfermo terminal, siempre pensando en los suyos desde su lecho de muerte, democrático hasta en el reparto de lo poco que alcanzó en vida y los niveles de solidaridad de una abuela abandonada en una Residencia con sus compañeras y la alegría que les entregó a todas y cada una, aunque ella esté vacía de consideración y apego, es más que suficiente para ser más equidistante a la hora de valorar una vida.

Hay seres humanos que dieron y entregaron, aunque ahora estén agotados o arrepentidos, otros que siempre despertaron y se volcaron en la vida de cuantos les rodearon a pesar de que ahora estén sin fuerzas y dependiendo de cuatro medicamentos, algunos no se despegan de los recuerdos porque le permiten seguir vivos y son una fuente de información para todos en la casa y les ayuda a sentir el pasado como parte del presente.

Por eso, si queremos valorar una vida, seamos justos con quienes evaluamos y apliquemos esta escala, con estas seis categorías, cada una de ellas con un valor de 0 a 4:

     0. Muy malo, muy negativo, no tuvo nada o no se le notaba nunca.
     1. Malo, negativo, un poco o casi nada, no se le notaba nada.
     2. Regular, algo positivo, a veces mucho y a veces poco, se le notaba un poco.
     3. Bueno, positivo casi siempre, mucho, se le notaba bastante.
     4. Muy bueno, muy positivo, siempre, muchísimo, se le notaba siempre

Veamos las categorías en la siguiente tabla:

Voy a poner un ejemplo: Niño harapiento que vive en medio de la basura, recogiendo cartones, en contacto con bastantes contaminantes, comiendo lo que puede, sin condiciones de higiene en su vivienda, que ha sido el mejor estudiante de la escuela, pues estudia por las noches, siempre está contento porque tiene las tareas hechas, lucha por resolverles inquietudes a sus amigos y compañeros, manifestándose cercano cuando le solicitan su presencia para algo.

                                                                                                                      0   1   2   3   4

1. APARIENCIA PERSONAL                                                                          X

2. AMBIENTE EN EL QUE DESARROLLA SU VIDA                                    X

3. CALIDAD DE VIDA QUE TIENE                                                                X

4. VALOR DE LOS APORTES EN VIDA                                                                       X

5. RESPONSABILIDAD DEL DEBER CUMPLIDO                                                   X

6. CAPACIDAD DE ENTREGA                                                                                      X

7. NIVELES DE SOLIDARIDAD                                                                                     X   


Este niño tiene una puntuación de 18, a pesar de sus condiciones de vida. Para poder evaluarse, o cuando evaluemos el valor de la vida de alguien, hay que tener en cuenta esta escala:

                                  VALOR DE LA VIDA ALTO                                  DE 18 Y MÁS
                                  VALOR DE LA VIDA MEDIO                                DE 9 A 17
                                  VALOR DE LA VIDA BAJO                                   DE 0 A 8

Voy a poner otro ejemplo: Jefe de una empresa muy bien presentado, viviendo en un ambiente de corrupción, sin comprensión ni calidad humana, alejado de cualquier proyecto que persiga el bien común, donde vive pendiente de devolver favores y de evitar reuniones, con dinero de sobra y calor humano faltante, reconocido por todos por lo poco que aportó al desarrollo empresarial, sin connotaciones positivas del deber cumplido y por lo que se debiera haber sentido satisfecho, entregado por el arte de estar presente para sacar algún beneficio y poco solidario.

                                                                                                                      0   1   2   3   4

1. APARIENCIA PERSONAL                                                                                         X

2. AMBIENTE EN EL QUE DESARROLLA SU VIDA                                             X

3. CALIDAD DE VIDA QUE TIENE                                                                X

4. VALOR DE LOS APORTES EN VIDA                                                             X

5. RESPONSABILIDAD DEL DEBER CUMPLIDO                                        X

6. CAPACIDAD DE ENTREGA                                                                       X

7. NIVELES DE SOLIDARIDAD                                                                 X   


Este SEÑOR tiene una puntuación de 13, a pesar de sus condiciones de vida. Para poder evaluarse, o cuando evaluemos el valor de la vida de alguien, hay que tener en cuenta esta escala:

                                  VALOR DE LA VIDA ALTO                                  DE 18 Y MÁS
                                  VALOR DE LA VIDA MEDIO                                DE 9 A 17
                                  VALOR DE LA VIDA BAJO                                   DE 0 A 8  

Gracias a todos mis amigos, por estar ahí, tu amigo que nunca te falla.


JUAN

domingo, 29 de diciembre de 2013

¿SE HACE INVENTARIO EN EL CIELO?

A veces me pregunto si todo lo que llega al cielo tendrá su sitio ya predeterminado, pues desconozco dónde estará la alacena de los pecados o el baúl de los recuerdos vividos, si habrá un rincón para que se acumule el polvo o si se seguirán haciendo tres comidas allá arriba, o allá abajo, pues es difícil ubicar si a donde llegaremos algún día está sobre nuestra cabeza o bajo nuestros pies.

Debe ser un espacio finito y debería tener capacidad para distenderse y ampliarse automáticamente, donde los pedidos, nuestra vida después de la muerte, los pecados y los milagros, los inocentes y las almas vagabundas ya han reservado previamente. 

Me imagino un cielo donde se esté sobrepasando el cálculo realizado para albergar y sostener una población en continuo crecimiento, alterando la capacidad de cálculo de un stock vigente por parte de cualquier administrador y, por eso, me imagino que debiera existir un inventario.

Pienso en un niño con una muerte inesperada que no tenga su cuarto bien arreglado o una mujer violentada que no disponga de una caja fuerte con más cariño disponible del que tuvo aquí en la tierra, de un familiar que se nos fue y busca a sus padres, sin posibilidad de ampliar su chalet cerca de un lago del cielo, de un piropo con segundas intenciones que precisó ser reciclado y no se le dio mantenimiento a la máquina de deshacer lo inservible y oportunista.

Es complejo imaginarse cajones y estantes para guardar con etiquetas y anaqueles para tener disponibilidad, pues debe haber personas con un corazón de artistas o escritores famosos que se deben necesitar para seguir educando en el cielo, para representar obras de las que no se aprendió aquí abajo o un edificio de juguetes para que disfruten los que viven allá arriba desde su primera infancia, sin tiempo para jugar entre nosotros.

No sé el momento en el que se deben cerrar las puertas del cielo para llevar a cabo un inventario -tal y como lo conocemos-, anotando el número de hombres y mujeres, víctimas y sufridores, personas libres o reos, identidad sexual conocida o con dificultades para encasillarlos, defensores de los derechos o malhechores de los principios de los demás, reconocidos sin razón y aplaudidos sin merecimiento alguno, personas con suerte y abandonados, necesitados y sobrados, dominantes y dominados.

Sería interesante tener un conteo de todo lo que existe en el cielo y saber si debemos acumular algo de lo que falte para llevarlo con nosotros y así estaríamos contribuyendo al bienestar de los que nos miran y descansan, algunos de golpes y otros de menosprecio, en ciertos casos de injurias y habrá quienes estén faltos de besos y caricias, de abrazos y de buenas noches.

Debe haber un momento, cada año, en que se haga un balance de todo lo que tenemos disponible a nuestra llegada y de los inquilinos del cielo, de los buenos y los malos, los callados y los manipuladores, los críticos y los sinceros, los pecadores y los creyentes, porque aquí tenemos una idea del porcentaje que debe existir, al relacionar unos con otros, porque al fin y al cabo el cielo es un reflejo fiel de lo que vivimos aquí y de los que viven entre nosotros.

No podemos esperar mensajes de quienes los hayan utilizado para usufructuar y no se hubiesen arrepentido, ni carceleros de cuerpos bondadosos que no supieron respetar que hayan aprendido a hablar en voz baja, feroces manipuladores de conductas y verdades, huérfanos de aplausos, que no estén en la universidad de la obediencia, porque también debe haber universidades con matrícula obligatoria para cada cuál.

Digo esto porque a cada visitante del cielo se le debe elaborar un perfil a su llegada y se le debe ubicar en las plataformas que deba atravesar para que compense los pesados condicionantes que mantuvo aquí abajo y así debe haber universidades de la risa para quienes vivieron en continua amargura y universidades de la bailoterapia para quienes nunca caminaron, universidades de la reflexión para los que tuvieron oportunidades de servir y las convirtieron en ataduras para seres humanos serviles y dependientes, universidad de las manos limpias para los que acribillaron y mataron, asesinaron y actuaron de cómplices.

No puedo pensar que en el cielo esté todo alborotado, sin secretarias ni bodegueros, porque a pesar de que haya un espacio virtual donde todo esté computarizado y sea fácil asignarlo, debemos estudiar la realidad y purgarla si no se han alcanzado algunos objetivos, pues no debe haber beneplácito si se esperaba que todos los niños arrinconados por las guerras y la pederastia tuviesen oportunidades de crecer en libertad o que mujeres víctimas de violencia de género encontrasen la felicidad de una pareja a su imagen y semejanza.

 Yo tengo la necesidad de saber qué hay en el cielo y cómo está evolucionando, pero para eso necesito tener claro si hay inventario en el cielo y propondría que fuese abierto al conocimiento general, esperando que algunas madres se alegrasen de la re conversión de sus hijos o que algunos hijos disfrutaran con la alegría de sus madres, en el grupo de mujeres realizadas y felices.

Quisiera que en el primer año de universidad se completase la asignatura de "INVENTARIO DEL CIELO", para que todo profesional sepa a dónde se llega y cómo se vive, antes de que injurie y amenace, que un cuidador de personas mayores del futuro aprenda a tratarlos mejor y que un cura de mensajes que salgan del alma, sin medias tintas políticas, que un profesor enseñe matemáticas y literatura del cielo y para el cielo, porque son asignaturas pendientes en un mundo de desiguales.

Quisiera que algún niño, en su infancia más temprana, escriba algún día una muestra donde se lea "MI PAPÁ ME HA HABLADO DEL INVENTARIO DEL CIELO", porque ese niño ya sabrá qué debe cultivar aquí abajo para que sigamos pensando en mejorar la calidad de vida de los que hay allá arriba y que desde arriba luchen por tener el mejor inventario, para que nos sigamos sintiendo orgullosos de quienes ya se adelantaron en subir al cielo.

Vuestro amigo, que nunca os falla.



JUAN

jueves, 26 de diciembre de 2013

EL CUENTO QUE YA LLEGA A SU FIN

Terminamos el día con la alegría que lo comenzamos y nos fuimos a descansar al albergue, porque era nuestra última noche, temerosos de que tuviésemos que alquilar un cuarto en mitad del parque. De todos modos, la esperanza de seguir unidos nos da fuerzas y coraje, pues no hay mayor fortaleza que la que logramos alcanzar uniendo nuestras manos.

Todos rezamos alrededor de la única cama que ocupamos y cada uno formulaba una alternativa, la que los demás discutíamos y entre todos proponíamos la prioridad que mejor se acomodara a nuestra propia realidad.

Hay muchos momentos de verdad en una mirada, porque está dibujada con colores de pesar y amarguras, respuestas y preguntas, pero al mismo tiempo es un estímulo que quema y abriga, señala y alimenta almas adormitadas con la monotonía y el quemeimportismo. 

De repente, me miré en un espejo y salté de emoción, porque detrás de mí veía entrar a los camarógrafos y reporteros, con luces y altavoces, pero me estremecí cuando pronunciaron el nombre de mis padres, porque los dos firmaron al dejar a aquel niño en la televisión.

Recuerdo que las intenciones de la familia fue ayudar a un reencuentro, aunque después de un rato comprendí que aquel gesto desinteresado estaba abriendo las puertas a toda mi familia. Nos subieron a un autobús y nos condujeron a un hotel, donde nos pagaron la estadía hasta que nos buscaron un trabajo y nos pudimos trasladar a una casa que tenía un poco de todo.

Aprendí a bañarme en la piscina en la mañana temprano y a dar órdenes a los empleados, a cuestionar todo lo que se hacía, de buena o mala gana, a no hacer nada, a vivir observando y a dormir sin aparentes problemas, a no disfrutar del vuelo de los mosquitos y a no oler a orina, a comer y desperdiciar, a ver las noticias y a dejar de hablar entre nosotros.

Por eso mismo, sin miedo a la calle y sus entrañas, me escapé de aquella casa y salí a la calle, rememorando la vida de vagabundo y queriendo visitar mi vieja casa, de la que nos despojaron sin compasión y vi un cartel que decía "se vende".

Corrí y le dije a mi familia que podemos agradecer a la familia que nos acogió que preferíamos trasladarnos a nuestra casa de siempre y agradecerles por el gesto de la casa brillante y grande, pero que necesitábamos luchar para que nunca más nos desahuciaran, porque ningún ser humano se merece eso sin antes haberle dado una oportunidad para superar las dificultades y que quisiera salir un día de ahí para visitar el albergue y el parque, a ver si caminando por las calles y cogidos de la mano, volvemos a recuperar el encanto familiar de antaño.

Nada ocurre porque sí, todo tiene un sentido, pero depende de nosotros adaptarnos y re-enfocar nuestros pasos o regresar a nuestras huellas, hablándoles de nuestros pesares y siempre conseguiremos seguir haciendo camino al andar.

Vuestro amigo, que nunca os falla.


JUAN

domingo, 22 de diciembre de 2013

EL CUENTO QUE PUEDE TENER UN FIN

Comimos y disfrutamos, agradeciendo lo que he aprendido de la gente que antes ignoraba, porque tiene tantas experiencias acumuladas que da gusto escucharles atentamente; son algo así como un libro abierto y ahí puedes mirarte e identificar tus propias vergüenzas y ambiciones.

A la mañana siguiente salimos en grupo, como debieran salir las familias, pues normalmente el esposo o el novio van delante, corriendo antes de que se acabe la calle, la esposa o la novia va a su ritmo o le deja a su aire y conversa con quienes quieren seguir su paso, los niños van a los laterales, escuchando lo que dicen otros y no la supuesta conversación de los padres, enfadados porque algo no les salió bien y las caras largas van retratándose en la calle.

Llegamos a algún lugar y nos reunimos, abrazados, porque queremos ver a un payaso que interpretaba en plena calle y eligió a mi papá para burlarse de él, como lo mandaba el guión, pero conocí al papá payaso que siempre quise tener y disfruté como nunca, provocándome un arrebato de locura que me impulsó a abrazarlo y a perdonarle todo, porque me había hecho reír a mí y a todos. Ese era mi papá.

Es ilógico, pero cierto, que encontremos una verdad desconocida en plena calle, cuando huimos de la calle para refugiarnos en la seguridad del hogar. Creo que la calle va a ser mi verdadero hogar, porque tengo el calor de unos padres que en la calle pasan abrazados, después de una actuación como esta, mientras que en la casa pasan distantes y enojados.

Quería que no terminase el día, pero ya estaba llegando el almuerzo y a lo lejos había una señora que vendía pollos, pero el olor no era muy agradable y mi madre se acercó sigilosamente y le dijo que le pusiese laurel y cerveza, que el fuego y un poco de movimiento se encargarían del resto y así fue, pues enseguida se llenaron las mesas y, cuando íbamos caminando unos metros más allá del puesto nos llamaban para invitarnos para el segundo pollo que había salido, porque el primero fue un verdadero éxito.

Tantos pollos que hemos comprado en el mercado o en la tienda de la esquina y sólo aquel que fue a cambio de un consejo culinario supo mejor que ninguno. Lo fácil que es comer en la calle si eres solidario, lo que se necesita cuando tienes asegurado el sustento y no necesitas agudizar el ingenio ni estar tan cerca de los demás.

Nos sentamos a descansar y un ladronzuelo quiso quitarnos una maletita de ropa y le dije: Si es para arroparte, porque tengas frío, coge algo, pero si es para robarla en la noche te voy a ver en el refugio, a donde llegamos todos, más tarde o más temprano, y ahí te voy a señalar y tampoco vas a tener cobijo en esta noche de frío, tú sabrás lo que haces.

Al instante me devolvió la maleta y le dije que se portara mejor con los demás, porque eso es lo que va a recibir en el futuro y me pidió algo de pan y fuí a comprarlo con una moneda que había encontrado en la calle, porque en la calle de la familia hay de todo.

Encontramos a un recién nacido llorando en una esquina y mi madre, que recién había dado a luz, le brindó leche calentita de su seno y el niño sonrrió, creo que no sabía cómo darle un beso a mi madre y yo le dije que se lo daría por él. Lo llevamos a la televisión, a donde siempre reclaman a personas desaparecidas, indicándoles dónde lo habíamos encontrado y nos pidieron nuestra dirección y mi madre le dijo que no hay que decir de dónde se viene sino a dónde se va, pero que no lo hacemos por dinero ni por algún interés sino porque es Navidad.

La cantidad de mensajes que podemos recibir de una familia de desahuciados y luego lloramos al verles por la calle, cuando deberíamos agradecer al cielo que nos acompañen en nuestros silencios y nuestra ignorancia, porque la calle de una familia es un capítulo -muy largo- de la escuela de la vida.

Vuestro amigo, que nunca os falla.

JUAN

miércoles, 18 de diciembre de 2013

EL CUENTO QUE NO TIENE FIN

Un día salió un hombre de su casa y se fue caminando a buscar trabajo, pues el desempleo había llamado a su puerta y cuando regresó, cabizbajo y aturdido, ya no tenía puerta porque había sido desahuciado; la familia lloraba y la gente amontonada pretendía defender la  falta de energía de toda una familia, acongojada por el pesar y la desdicha de quienes ya habían perdido hasta la última gota de esperanza.

Terminó la actuación judicial y me fui corriendo a la escuela para recoger a mis hijos, antes de que llegasen y encontrasen a una multitud a la puerta de la casa, pero al llegar me lo encuentro sentado y aburrido, porque tenía el presentimiento que le habían robado su cuarto y eso era tan verdad como que por poco me desmayo de desilusión e iras contra la vida que tanto atormenta.

Me arrodillé y le dije que no sufra por lo que pasa sino que deje pasar lo más difícil para no sufrir, que se alegre porque nos queda la unión que siempre respetamos y que siempre tendrá quien le acompañe a jugar en el parque y que nunca le va a faltar una cocinera como su madre ni un juguete como su hermano pequeño.

Íbamos caminando y observamos cómo tiritaba de frío un indigente, en la víspera de Navidad, cuando pensaba que algún secretario del cielo no permitiría esas escenas en este mundo tan desigual, por lo que le dejé mi chaqueta, la última que me quedaba y mi hijo quiso dejarme su abrigo; sólo por eso mereció la pena haber atravesado la laguna de adversidades en la mañana y haberme sentido indignado.

Tomamos el autobús y un niño canta para que le regalen unas monedas, pero mi papá dijo que no hay que regalar sino ofrecer y le dijimos que fuese en Navidad a un lugar donde íbamos a estar la familia, porque ya no teníamos casa y compartiríamos la cena de mi madre, con lo que poco que pudiésemos reunir y nos fuimos contentos porque en la miseria más redonda teníamos también invitados.

Al llegar todos corrimos a abrazarnos, como casi nunca lo hicimos, porque la necesidad generó desesperación, la falta de argumentos frente a lo ocurrido era el impulso para querer salir de la desgracia corriendo y, en ese momento, el semáforo se puso en verde y estuvimos a punto de quedar atrapados en medio de la calle; en ese instante, a mi padre se le ocurrió hacer señales para dejar indicando que estaba dirigiendo el tráfico y de desahuciado pasó a ser policía de tráfico y lo hacía muy bien.

Eso es sentirse orgulloso de un desahuciado, porque con el ingenio se vencen adversidades y se confunde a la gente, pero necesitábamos saber qué hacer y mi madre dirigía a los coches que querían aparcarse en un rincón de la calle y nos daban unas monedas, mientras más agradecíamos recogíamos más y yo me puse a limpiar los limpia-parabrisas y mientras, mi hermano menor lloraba de frío.

Llegó la hora de regresar a algún lado y nos marchamos de allí, señalando la calle para regresar al día siguiente, pero felices por haber emprendido una tarea común, entre todos. Entramos a un restaurante barato donde se servía comida de casa y el olfato de mi madre no se equivocó.

Comimos como desesperados, queriendo dar ejemplo a otros desahuciados para que no se hundan y permitan que cualquier verdugo se alegre de la insensatez del clima, arreciando sobre personas despojadas de todo, porque nos quedó, después de pagar el manjar que degustamos y devoramos, hasta para comprar un paraguas y nos fuimos a un albergue.

Al llegar nos encontramos al niño cantor del autobús, porque estaba preparando una cena con su familia y entonces le pedí su permiso para trabajar juntos, con el propósito de que nuestras familias se sintieran unidas, más aún que cuando teníamos casa y techo, pero desconocíamos el corazón de los demás.

Y ahí me hago la pregunta ¿será necesario ser vilipendiado y humillado para descubrir en los demás el misterio de la solidaridad?.

Este cuento continuará.

Tu amigo, que nunca te falla.


JUAN

miércoles, 11 de diciembre de 2013

COMPRO MOMENTOS ROTOS

Nunca he encontrado a alguien que vaya por ahí "comprando momentos rotos", porque no se parecen a los momentos "nuevos", a esos minutos a los que nos enfrentamos por primera vez y vivimos con la integridad de reconocer que nos pertenecen y que podemos jugar con ellos a nuestro antojo.

Un "momento roto" es un espacio en el tiempo pasado, que ya usaste según tus convicciones, sin haber pedido consejo, sin encontrar un soporte para superarlo con creces, que te dejó alguna huella que te va a marcar por siempre y en el que siempre vas a pensar porque fuiste capaz de destruir la magia con la que se te acercó para que lo aprovecharas.

Los momentos se rompen porque nos creemos dueños de las manecillas del reloj y dejamos que sigan corriendo sin observar con detalle su caminar constante, mirando siempre hacia el suelo porque pensamos que solo puede haber secretos escondidos y maravillas por descubrir en nuestra sombra y nuestras huellas, ensimismados con nuestros pensamientos y ajenos a las influencias de la vida.

Un momento se rompe cuando desatamos una actitud incoherente, sin relación con la luz que nos ilumina o cerramos los ojos y nos alejamos del instante cuando este sigue intentando atraparnos porque nos tiene guardada una sorpresa.

Aprovechar el momento implica vivir preocupándonos de ser cada día más integrales y cercanos, predispuestos a estar con algo más que con nosotros mismos y dispuestos a empaparnos de esa verdad que nos ronda, en las palabras que compartimos, las miradas que intercambiamos o las escenas de la vida de la calle o del ambiente familiar en cuyo rodaje intervenimos.

Hay momentos rotos en nuestras discrepancias no aceptadas, en el beso que robamos a alguien, en el piropo que nos guardamos, en el aplauso que no quisimos entregar, en el agradecimiento que usurpamos por envidia, en el traje de odio que compramos a nuestro ego, en la prisión en la que arrinconamos una verdad susurrada y no compartida, en la compañía que ignoramos, en la mano alzada que interrumpió nuestra actitud manifiesta, en esas sílabas que fracturaron la confianza, en la ausencia que no supimos llenar, en la expresión de llanto que nos faltó entregar, en la fiesta de la concordia a la que nunca fuimos, en la calle de la humildad que nunca pisamos o en esa tienda de los abrazos donde nunca compramos uno, aunque fuese de segunda mano.

Cuando un momento se rompe surge instantáneamente el afán de auto-defenderte, aunque no tengas defensa disponible ni válida, quieres solucionar el vacío con relleno de escaparate, ese que anuncia lo que tú quieres ver y no se dispone en stock, te amparas en el borrón y cuenta nueva, en espera de nuevos momentos, vírgenes y cargados de retos, aún con la opción de volver a romperlos porque se quieren aprovechar, en beneficio propio, sin pensar en la repercusión de tu presencia, en el alma de tus gestos o el aprendizaje de tu ejemplo por quienes miran y observan, se llenan de expectativa y se rellenan de exclamaciones de amparo incondicional cuando te ven llegar.

Romper un momento es destruir el regalo que te ofrece la vida porque es un libro abierto a la verdad que vas buscando y que puedes encontrarla en ese rincón que te parecía obscuro, en la habitación solitaria y callada, delante de un espejo al que confiesas tus mentiras o ante quien menos te esperabas que te dictara cátedra, en relación a tus actitudes hipócritas y falsamente samaritanas.

Tantos momentos rotos que han acabado con la paciencia y la paz de un ser humano esperanzado, con las ilusiones de niños enamorados, con la entrega de adolescentes adormitados por el efecto del boom hormonal, con la tranquilidad del ocaso del adulto mayor o con la serenidad de una madre en la jornada de cocina, esperanzada en que la ensalada aliñada con tanto cariño sirva para un nuevo momento que nadie rompa jamás.

Por todo esto, quiero comprar momentos rotos con monedas virtuales de consejos, para que aprovechemos al máximo la verdad de la cercanía de un alguien que tiene más valor que una sombra y más presencia que un rayo simple de luz, porque necesitamos dedicar espacios grandes para que se rellenen con oportunidades que iluminen nuestros momentos y los podamos hacer vivenciales para seguir creciendo.

Tengo un taller donde barnizo caracteres irrascibles y doy brillo a palabras mojadas de desencanto, un lugar donde se puede afinar las cuerdas de la mentira y calibrar relojes con campanadas de odio y envidia, un lugar donde se pueda devolver el color a los muebles viejos y el encanto de antaño a la post-modernidad que empalaga y distancia, un cobertizo donde se inyecta gasolina súper, sin plomo y ecológica a quien va por la vida con combustible contaminante que hace daño e intoxica.

Yo te ofrezco comprarte tus momentos rotos, porque quiero devolverlos con vida para que recapacites y reflexiones, te detengas y no involucres a los demás, a quienes comparten tus momentos, en otra ruptura que les va a marcar porque esperaban más de tí y de tus propias actitudes.

Te invito a que seamos capaces de seguir viviendo los momentos como únicos, porque los demás, personas o animales, paisaje o recursos naturales, se merecen miradas y actitudes, gestos y formatos de vida que les alegren los minutos y les devuelvan la esperanza. No rompas más momentos y si tienes alguno roto yo te lo compro.

Tu amigo, que nunca te falla.



JUAN

lunes, 25 de noviembre de 2013

POR UNA NUEVA NAVIDAD 2013

                        

 La Navidad es un alto en el camino diario, al final del calendario y donde todos albergamos recuerdos, añoranzas, tristezas y vínculos que nadie quiere olvidar.

Vivimos a plenitud todas las festividades señaladas en los meses precedentes y pareciese que llegamos sin fuerzas al nacimiento de una nueva esperanza, la que nos mueve a seguir siendo y estando entre los demás.

A veces, queremos acompañar nuestro olvido con pasteles y turrón, pero el vacío se llena de abrazos y voces cálidas que transmiten ese cariño que sólo fabrica el corazón enamorado de relaciones fraternales, padres-hijos o de pareja, abuelos-nietos, tíos-sobrinos, entre primos o vecinos, compañeros de trabajo o coterráneos.

Creemos que poner cara de circunstancia y alma  acongojada, manifestar actitudes solemnes y encender una antorcha en la obscuridad de la noche de Navidad nos va a hacer más humanos y cercanos, pero la proximidad la da el trato y la cercanía, los pensamientos dedicados en silencio y los consejos pedidos a la vida y no transmitidos, porque se solicitaron para no olvidarse de las circunstancias que separan y las decisiones que comprometen y obligan.

En una canasta de  Navidad debiera abrirse un espacio para envolver unas palabras de agradecimiento y unos abrazos de sinceridad plena, por el alcance de una confianza que nace del trato diario en una relación entre dos, así como un hueco para una botella llena de ese elixir que refresca y embriaga de  satisfacción por el respeto cosechado y la armonía alcanzada.

Se debieran regalar tarjetas diseñadas por aquellos que se mantienen olvidados y marginados, con tinta de coraje por lo que les quitamos de reconocimiento y de apoyo por lo que nos entregaron en nuestra vida cotidiana.

La Navidad debiera servir para remover las palabras y ordenarlas mejor en los piropos a los que nos debemos, a fin de saldar cuentas con saldos pendientes con nuestras madres, padres, hermanos, vecinos y conciudadanos, a los que a veces prometimos lo que nunca hicimos e hicimos frente a ellos lo que nunca les prometimos.

En Navidad debiéramos despojarnos del cinismo de asomarnos a una tarima para ofrecer lo que nos sobra, en nombre de un regalo para un no-contactado por el cariño de cuantos alardeamos de ciudadanos, sin saber que nos debemos -por lo mismo- a una ciudad de aparentes iguales en un mundo de evidentes desiguales.

Llega la Navidad y seguimos acumulando más de lo que trajimos al mundo, peleamos por tener más de lo que alcanzamos en la pubertad, nos enorgullecemos de tener más que el vecino que enfermó trabajando y no supo aspirar, aunque estuviera cargado de humildad y seguimos esperanzados en acumular para entregar una herencia cargada de todo menos de ejemplo y beneplácito, sinceridad y compostura.

Entramos en otra Navidad sin haber eliminado del diccionario la expresión “Violencia de género” porque no hemos sido capaces de erradicar actitudes violentas y discriminación por que hay quien aún hoy día cree que el mundo se parece más a ellos que a los que piden en las esquinas, a los que lloran en el desierto o los que padecen, sin haberlo solicitado, un SIDA y fruto de una violación consentida por una sociedad, de la que todos formamos parte.

Rezamos a un Dios del que esperamos que nos reconozca nuestra actitud de rodillas y nuestros golpes en el pecho, aunque despreciemos la buena voluntad de quien se acerca o la crítica de quien espera que cambiemos, porque pensamos que pertenecen  a otra casta y son guerreros de otra contienda.

Continuamos con la misma prepotencia y demagogia de antaño, despilfarramos lo mismo al final del año, el paganismo y la hipocresía se visten con los mismos colores, continúan celebrándose los mismos eventos de trabajo, en pos de un objetivo que siempre fue una muerte anunciada y no vacilamos en dudar de todo lo que no me va a generar algún interés, manipulamos los discursos a costa de mantener dependiente el alma de gente esperanzada en la nada y no nos damos cuenta que ya entramos en la siguiente Navidad.

Se tira comida y tenemos la osadía de pensar en quien pasa hambre, despilfarramos tiempo y nos sentimos afortunados celebrando con aplausos la caravana para un país del tercer mundo, que agradecería más nuestra presencia comprometida que nuestra oración sin contenido.

Miramos el dolor y agradecemos por estar vivos, escuchamos el lamento y seguimos pendientes de la prima de riesgo, siguen pasando los días y aún no he leído un periódico que resalte lo que pasó a un desconocido o un noticiero que sólo relate la vida misma, aunque no sea noticia para muchos, porque se pierde audiencia y no se aplaude indirectamente al corrupto o se premia al ladrón con un minuto del tiempo de los demás.

Somos globales, todos lo decimos, pero seguimos bailando en nuestro propio terreno, viajamos para disfrutar de vacaciones y lloramos porque tenemos miedo, pero nunca reflexionamos sobre el terror de los demás ni somos capaces de sacrificar unos días de asueto para compartir con quien no dispone de nada.

Aún hoy nos alejamos de las mascotas desprotegidas tras los barrotes de una jaula, como escaparates de moda y en lugar de protestar por su estilo de vida compramos una y dejamos el resto en su hábitat de reclusión y pena. Incluso miramos al lado opuesto, con el propósito de no involucrarnos, cuando vemos maltrato o humillación, arrebatos de locura contra la dignidad del ser humano y callamos por dentro, a la espera de que un jabato arriesgue su vida por la víctima que reclama un segundo de apoyo anónimo.

Seguimos educando nuevas vidas con mensajes de la llegada de Jesús, pero impresiona que no se pisa mucho la calle porque pareciese  que nunca hubiésemos tomado una copa con el harapiento y nunca nos inmiscuimos entre las diferencias notables que estamos colocando –arbitrariamente- entre los que viven en el mundo del banco malo y los que esperan alcanzar, algún día, un verdadero banco bueno.

Repetimos las miserias y no nos acordamos de las bondades, pintorreamos la vida de color gris porque siempre hay nubarrones de odio, aislamiento, marginación y olvido, desastres naturales y distanciamientos, pero vamos a entrar en Navidad y aún no se ven colores de tonos claros porque quizás no haya quien aún vea esperanza en este mundo de cinco barcos, cargados de tripulantes, que no pueden navegar en el mismo mar sino a costa de cañonazos, piratería, desembarcos, amarres y banderas que separan.

 Estamos llegando a Navidad y no despertamos porque dormimos con la verdad con la que nos arropamos, olvidamos que somos de carne y hueso para sentir y temblar, pensando que la vida nos hizo duros como el hormigón, rellenos de hierros fríos y verticales, sin espacio para la comprensión ni la solidaridad. Lamentablemente, llegamos a Navidad sin esperanzas de cambio ni de mensaje, con el mismo ser que cuando arrancamos el año y sin haber aprendido de las voces que claman, escuchando lo que nos apetece y acostumbrándonos a seguir ganando el pan con el sudor del de enfrente.

Nos acostamos con callos en las manos por los golpes repartidos, con dudas razonables por las actitudes indeseables derramadas con nuestros cercanos y con las mismas cuentas bancarias cargadas de intereses de lo que quedamos debiendo al mundo y a los nuestros, cargados de proyectos rotos porque los diseñamos con envidia y afán de superar al otro por orgullo y no por humildad. Espero, en esta Navidad, que Jesús no se despierte en su cuna porque esté molesto con nosotros y que llorase sin consuelo porque quizás no sea este el mundo al que tenía que haber llegado.

Sin embargo, espero que a partir de esta lección de vida aprendamos a cambiar nuestro ropaje y nos vistamos de más franqueza y menos apariencia, más despertar y menos somnolencia, más verdad y menos carisma, más comprensión y menos orgullo, más entrega y menos envidia, más respeto y menos prepotencia, más hermanos de riesgo y menos prima de riesgo, más renuncias y menos opulencia, más solidaridad y menos individualismo, más franqueza y menos manipulación, más pureza y menos relleno, más sociedad y menos intereses, más visibilidad y menos globalidad.

Que Dios reparta ilusión, iluminación e inteligencia a todos por igual, para seguir esperanzados en un mundo mejor, para aprender a iluminar el cambio que todos necesitamos, desde nuestro esfuerzo personal y con la inteligencia de saber que somos animales racionales para buscar la comprensión y el apoyo, no la delimitación de terrenos y la voracidad de animales salvajes.

Por Navidad, en esta Navidad, quisiera vivir un día sin pronunciar las palabras “oportunismo”, “violencia”, “accidente” y “manipulación”, que no hubiese ningún acto que conllevase estos apelativos y que nos olvidemos del cinismo de conjugar el verbo amar en indicativo (yo amo, tú amas, el ama, nosotros amamos, vosotros amáis, ellos aman), y aprendamos a conjugarlo en condicional, soñando qué pasaría en este mundo si (yo amara, tú amaras, él amara, nosotros amásemos, vosotros amáseis o ellos amaran), siempre de verdad.

Feliz Navidad desde el corazón de un soñador.  



Vuestro amigo, que nunca os falla.


JUAN